Publicado en 14 Marzo 2026
Peregrinus
Dedicamos este escrito a tres clases de público: 1º, a los mismos devotos de E. S., para que vean la luz por su bien; 2º, al común de la gente abierta a una investigación objetiva, para que reciban nociones útiles; 3º, a los sedevacantistas, para que recojan una prueba de sus convicciones.
Nos ha costado un gran disgusto redactar este escrito, y varias veces nos vimos tentado de dejarlo. Pero el bien de las almas, y las exhortaciones de un padre espiritual nos convencieron a llevarlo a término. En E. S. los funcionarios eclesiales post-conciliares promueven un modelo de vida y pensamiento que se aparta gravemente del Catolicismo, como se irá viendo.
Pedimos a los lectores serenidad y objetividad. Todo lo que decimos aquí está basado en hechos reales de su vida. Negarlos no lleva a nada. No odiamos a nadie.
Los descendientes de E. S. no deben desanimarse, pues son personas aparte, con su propio libre albedrío, y acceso, si quieren, a la verdadera doctrina católica y a la salvación. Ofrecemos y pedimos oraciones, con la esperanza de que sirvan, por E. S. y su mujer Cecilia, y por sus hijos vivos y difuntos. Él, si está en el Purgatorio, nada querrá tanto como la corrección de sus errores.
Los honores que da el Vaticano actual son dudosos y no valen nada
En Argentina se conoce desde fines del siglo pasado la promoción de E. S. para la santidad, promoción que últimamente pasó a una nueva etapa anunciándose su próxima beatificación. ¿Qué valor tiene cualquier beatificación o canonización en las presentes circunstancias de la conducción vaticana? El Concilio Vaticano II (1962-1965) estableció proposiciones diametralmente opuestas a otras que habían sido enseñadas con anterioridad por el Magisterio Perenne Infalible. De allí se sigue que ese concilio no era parte del Magisterio ni de la Iglesia Católica, y que la principalidad del concilio, es decir, los papas aparentes, no eran la principalidad de la Iglesia Católica, es decir, papas reales. Por ende, la Santa Sede está vacante y usurpada. Desde entonces hasta hoy sólo han llovido desde Roma toda clase de desgracias anticatólicas sobre el mundo, incluyendo la corrupción grave y total del rito de la Misa y la invalidación de los ritos de consagración episcopal. También han sido canonizados personajes claramente indignos de tal honra. En 2018, habiéndose presentado supuestos milagros, el pseudopontífice Francisco, —que nombró Dama Comandante de la Orden de San Gregorio Magno a Lilianne Ploumen, política abortista holandesa, —que dijo que el proselitismo (la procura de convertir acatólicos) es una solemne estupidez, —que adoró e hizo adorar un ídolo de la Pachamama en el Vaticano, —que hostigó y ridiculizó de incontables maneras a los católicos fieles a la tradición —y que en una palabra fue un campeón de la herejía y blasfemia que escandalizó al mundo entero, canonizó a Mons. Óscar Romero, que no pasó de un activista y agitador izquierdista, que tuvo estas palabras:
Eso quiere la Iglesia: inquietar las conciencias, provocar crisis en la hora que vive. Una Iglesia que no provoca crisis, un evangelio que no inquieta, una palabra de Dios que no levanta roncha —como decimos vulgarmente—, una palabra de Dios que no toca el pecado concreto de la sociedad en que está anunciándose, ¿qué evangelio es ese?
El Vaticano conciliar ha caído en vertiginosos errores; mejor que seguirlos contra los hechos y contra Dios, es plantearse si en el Vaticano sigue rigiendo la autoridad apostólica infalible o ha ocurrido una anomalía histórica.
Notas generales de Enrique Shaw
Hijo de los argentinos Alejandro Shaw y Sara Tornquist, Enrique nació en París el 26 de febrero de 1921. De sus primeros veinte años sabemos por su biógrafo Ambrosio Romero Carranza que fue sobresaliente alumno y marino, dotado de notables cualidades naturales. Dada su inteligencia, es una gran lástima que en su edad adulta no haya estudiado ni aprendido filosofía aristotélico-tomista ni teología integrista y apologética antimodernista, y en cambio se haya embebido de los sofismas baratos y perniciosos del segundo modernismo. En su adolescencia pasó cuatro años de crisis de fe y duda, hasta que en 1941 un libro de Mons. Jean Verdier, primado de Francia, que leyó en Mar del Plata, según él le fue como un relámpago que lo convirtió. Poco después de su conversión escribió: «debo agradecer a Dios por haber decidido que yo sea un tabernáculo capaz de irradiar amor a quienes se me acerquen». No se convirtió «haciéndose» tabernáculo radiante de Dios, sino que, al revés, se pervirtió, insistió en esa creencia, y siempre le quedó pendiente convertirse de ese pecado de soberbia. En 1954, en el borrador de una conferencia, haría referencia a esa supuesta conversión y transfiguración: «Yo mismo y Card. Verdier»… y se comparó con santos convertidos.{1} Nuestro Señor Jesucristo dijo: «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Enrique Shaw fue manso y soberbio de corazón, y su mansedumbre se alteraba como se verá en su comentario despectivo contra los «beatos».
Es oportuno apuntar que la Doctrina Social de la Iglesia de la que se entusiasmó Enrique tomándola como factor de su conversión, vista sin referencia directa a Dios y el Reino de Dios soberano, puede reducirse a mera justicia social y confundirse con humanitarismo, y es lo que parece haber hecho Enrique toda su vida. Humanitarismo con los empleados y más humanitarismo con los empleados. Punto. Pues bien, decir que humanizar la empresa equivale a catolizarla, es hacer del Catolicismo un ideal humano. Nuestro Señor Jesucristo murió en la Cruz para algo más que para que los dirigentes de empresa fuesen humanitarios con sus empleados.
Desde su «conversión» es una trágica constante que E. S. contrajo una mente a la cual se le escurrió, como irrelevante o inexistente, el integrismo católico y la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo, y se enroló entre las filas de sus negadores modernistas y laicistas, aún mientras pronunciaba a veces frases de bella devoción. Puede interpretarse como desprecio solapado —irreflexivo o no, eso solo lo sabe Dios— su silencio total sobre el imperativo de sus papas recientes de que la Fe católica haga de base absoluta de la legislación, de la cultura y de la sociedad, y de que el liberalismo político y la transigencia con la civilización moderna en todas sus gradaciones sean rechazados tajantemente. La mente de E. S. se formó a sí misma proclive, como por segunda naturaleza, a hacer del hombre y lo humano el centro de todo.
A Enrique Shaw se lo presenta frecuentemente como una maravilla humana antes inexistente: un empresario que cumpliera su función en perfecta conformidad con la voluntad de Dios hasta la heroicidad de las virtudes. Se alegan a favor suyo numerosas impresiones de virtudes, acentuando siempre su gran amabilidad. Ahora bien, ¿no es la cuerda moderna de los espectadores la que vibra con gusto ante un ejemplo de la autocomplacencia y despreocupación que les interesa ver brillar para tener ellos un incentivo para practicarlas? Toda clase de gente, buena y mala, también no católicos y también izquierdistas, se sienten agradados por Enrique. Canonizar la amabilidad es abaratar gravemente la santidad y sumir a mucha gente en el error religioso: «se me requiere poco más que ser amable para ser santo», y «seré empresario perfectamente católico sin propagar el catolicismo». La santidad se fundamenta en un cuerpo definido de creencias que vienen de la autoridad de un Dios que revela y exige adhesión intelectual abierta.
E. S. no brilló por propagar la Fe verdadera. Cuando se dice que Enrique defendiera la Fe, hay que entender siempre la Fe —si puede llamársela tal— encogida al solo tema de la relación armónica entre patronos y empleados. Sin embargo, ésta no es la parte principal, ni el fin último, de la Doctrina Social de la Iglesia (la cual a su vez tampoco es parte principal ni fin último de la Doctrina Integral de la Iglesia): es un mero medio, sumado a otros más importantes, para el retorno abierto y sincero de todos al Catolicismo.
Puso énfasis en las virtudes naturales que debía tener una empresa; pero, aunque decía y pretendía también trabajar en las virtudes sobrenaturales de ella, nunca lo puso en práctica en los hechos; especialmente le fue indiferente que la empresa católica tuviera un protagonismo, hacia adentro y hacia afuera, de confesión de Fe.
Qué hace a un santo en la Iglesia Católica
¿Cuánto abismo separa la amabilidad de la santidad? Para hacernos una composición de lugar, la santidad, como «nota» de la Iglesia —junto con la unidad, la catolicidad y la apostolicidad— puede definirse en los siguientes términos: La trascendencia de la virtud moral, presente continuamente en la Iglesia de Cristo, en nombre mismo de los principios que esta Iglesia profesa. Es la existencia de virtudes superiores en muchos y de virtudes heroicas en unos pocos, especialmente cuando dichas virtudes morales se manifiestan continuamente dentro de la misma comunidad cristiana. La experiencia general nos permite reconocer, sin demasiado esfuerzo, grados desiguales, diferentes niveles de virtudes morales: por ejemplo, virtud común, virtud superior, virtud heroica. La virtud común es idéntica a la honestidad: consiste en la fidelidad a las obligaciones morales externas y ordinarias. —La virtud superior supera con creces la simple honestidad del mundo: implica una moralidad más elevada, más rigurosa y más excelente; en particular, la victoria sobre las malas pasiones, el desinterés personal y el celo generoso por el bien. —La virtud heroica se eleva aún más: consiste en practicar el amor a Dios y al prójimo mediante los sacrificios más arduos y constantes, mediante acciones que resultan las más dolorosas y temibles para la naturaleza. Quienes la poseen, los santos propiamente dichos, exhiben, en su santidad, una propiedad esencial y visible de la verdadera Iglesia de Cristo, y en sus convicciones religiosas, las que les enseñó la misma Iglesia. Por eso E. S. no fue santo. La santidad en grado heroico, decisiva, más aún que los milagros, para la canonización católica, implica vivir todas las virtudes —fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y templanza y sus ramas— de manera excepcional y superlativa, no aisladamente sino en un «organismo» unificado por la caridad extrema, confirmando un «cuerpo» de vida virtuosa a lo largo del tiempo para la Iglesia. Donde no hay recta doctrina, allí no hay santidad, ni aún catolicismo elemental. Para saber si alguien que vivió en los años 40 y 50 fue santo, lo primero que hay que averiguar no es si fue amable con la gente, sino si adhirió al catolicismo tradicional antimodernista, o a las ideas y tendencias funestísimas del segundo modernismo.
Clases de milagros y otros eventos
En cuanto al hecho aducido como milagro —la sanación de las heridas craneanas de un niño pateado por un caballo irritado por una serpiente— Santo Tomás de Aquino señala que sólo pueden llamarse milagros de autoría divina los que conllevan la creación de un nuevo efecto temporal en la criatura sin intermediario y a través de la relación de existencia (Cuestión disputada 6ª sobre la potencia). Los ángeles y los demonios, sin embargo, pueden influir en las potencialidades físicas latentes en las criaturas aplicando fuerzas naturales al movimiento o cambio local (es decir, cambios físicos). Debido a la sutileza de estos cambios físicos, y debido a que están más allá de nuestra capacidad de seguirlos o comprenderlos, pueden parecer milagrosos cuando en realidad son sólo aplicaciones precisas de fuerzas naturales. Así enseña el mismo Doctor Angélico en su obra maestra (I.114.4.co.):
«[…] tomado el milagro en sentido estricto, no pueden hacerlos los demonios ni criatura alguna, sino sólo Dios. Porque milagro propiamente es lo que se hace sobrepasando el orden de toda la naturaleza creada, y todo poder creado está contenido bajo este orden. A veces, sin embargo, se entiende también por milagro, en sentido lato, aquello que sobrepasa el poder y la previsión de los hombres. Y en tal sentido pueden los demonios hacer milagros, es decir, cosas que admiran los hombres porque rebasan su propio poder y conocimiento.»
De la cita anterior se desprende que no todo milagro es de dictado divino ni sirve para abonar la heroicidad de alguien difunto y la verdad de su doctrina.
Pasos de Occidente desde el fin de la Edad Media
Desde el punto de vista de la verdadera y santa santidad de la Iglesia, otrora tomada tan en serio, echemos una mirada desde lo alto hacia atrás en la historia, de las alturas de la Edad Media a las bajezas del siglo XX. El mundo contemporáneo no es sino el resultado último de un larguísimo, multisecular proceso de descomposición y degeneración desde el abandono del orden medieval europeo. De éste dijo palabras impactantes el Papa León XIII en su encíclica «Immortale Dei»:
Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza.
El Renacimiento
Pero un aciago día vino el Renacimiento, con ideales perversos insólitamente parecidos a los hoy ultramodernos. Ya no se concibió al hombre como una criatura decaída y eventualmente, si quiere y colabora, regenerada: cunde el concepto del hombre invencible, vigoroso, triunfante, admirable por la altura que alcanzó por su razón y libre albedrío. Para los estados, la Civilización propiamente dicha ya no propendía a la santidad general y las instituciones sociales abandonan a las almas en lo que debería ser su camino al cielo. Los hombres de esos tiempos se acostumbraron a considerar durante el transcurso de larguísimas generaciones una meta inamovible que los atrae de continuo. Cuando sus nietos se entregan al dominio de la tierra, se encuentra la misma inamovibilidad, pero no en el cielo, sino a ras del suelo, hacia donde encaminan todo. A medida que la Fe se apaga, la vista de los hombres se acorta, y sus metas se hacen más y más terrenales. Entonces, como hoy en día, llamaron a eso progreso y desarrollo. Todos los errores que vinieron a pervertir el mundo cristiano, todos los atentados perpetrados contra sus instituciones, tuvieron allí su fuente. Los humanistas son los iniciadores de la civilización moderna. Atacando así por su base a la sociedad cristiana, los humanistas invertían al mismo tiempo en el corazón del hombre el concepto cristiano de su destino. «El cielo —escribía Collaccio Salutati, en su Tratado de Hércules— pertenece de derecho a los hombres enérgicos que emprenden grandes luchas o realizaron grandes trabajos sobre la tierra.»
La Ilustración
El debilitamiento de la Fe y de la creencia en verdades trascendentes absolutas, el empirismo y el protestantismo trajeron un desasosiego que movió a los pensadores a proponer nuevos cauces para nuevas instituciones y ayudó a que el espíritu del Renacimiento encontrara expresión filosófica estructurada: fue el día de la Ilustración. Se absolutizó y concretizó la tendencia a poner al hombre como dueño de su destino, y se le dio en la ciencia su principal aliado para conseguir sus objetivos. Se procuró explícitamente, y no solo implícitamente como en el Renacimiento, el bien natural, independiente de toda revelación, divinidad y tradición. Los ilustrados apestaron Francia y Europa de perniciosos errores y sofismas, de sarcasmo anticatólico y de ingeniosas y variadas utopías políticas contrarias al orden cristiano y al origen divino del poder. Así allanaron el camino para la siguiente destrucción del antiguo régimen francés. Son propios de este período los horribles sofistas Voltaire y Rousseau.
La Revolución Francesa
Mientras Francia era reino, el nuevo ideal renacentista y hasta el ilustrado quedaron contenidos en una resistente estructura socio-político-cultural heredada del Medioevo… hasta que llegó la Revolución Francesa, cuyo objetivo supremo era sustraer en las mismas instituciones al hombre y a la sociedad de lo sobrenatural. Por eso, sabios maestros y hasta Papas muy precisamente adjetivaron la Revolución como «satánica».
El rey Luis XVI convocó a Estados Generales en 1789, como llamada a toda Francia y sus representantes, para dilucidar la forma de salir económicamente adelante. Seguidamente se inauguró nada menos que una Asamblea Constituyente, la cual aprobó la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Siglos y milenios de orden sobrenatural y hasta natural en el orden político fueron echados por la borda. Se trocó la monarquía de derecho divino por la república irreligiosa e igualitaria. Corrió sangre, cundió el terror. En poco tiempo, toda Europa cambió para mal. Los multitudinarios católicos nominales hijos de la rebelión, desde entonces y hasta hoy —incluido E. S.— ven las consecuciones revolucionarias y la faz que dieron al mundo, como sustancialmente buenas, y hasta grandes dádivas de Dios, solo necesitadas de ser sentimentalmente influidas y exteriormente ornamentadas por el Cristianismo para lograr la sociedad ideal.
Lamennais
Como consecuencia del cataclismo francés se formó el patológico movimiento del catolicismo liberal, que pretendió servir al Evangelio siguiendo los nuevos principios centrados en el hombre, en exacerbación de los principios perversos del viejo Humanismo renacentista (origen de todos los males del mundo actual). Su primer gran exponente fue Félicité Lamennais, que fue excomulgado en 1836.
Nacido en 1782 en Saint-Malo, Lamennais, tras su conversión originalmente a un catolicismo ultramontano y teocrático-medieval, y su siguiente entrega a la vocación sacerdotal, desarrolló en 1818 la teoría del «sentido común» o «razón general» como único fundamento de la certeza y la verdad. Contra el individualismo, argumentó que la verdad se conoce a través del consenso humano y la tradición, siendo la autoridad social y religiosa el pilar del conocimiento. Más adelante, deslizado al «liberalismo católico», proclamó la necesidad de volver a la que creía haber sido la «Iglesia del Evangelio» supuestamente basada en la libertad, la prioridad por el pueblo y una nueva alianza con los pobres. Esta era la visión encarnada en el lema «Dieu et liberté» que Lamennais adoptó para el periódico L’Avenir, que fundó en 1830 con Henri Lacordaire, Charles de Montalembert y otros, que abandonaron la empresa tras la condena papal. Desilusionado con la monarquía de la Restauración francesa, conmocionado por la pobreza y la opresión de la emergente clase obrera e inspirado por las luchas populares en la Irlanda ancestral de su madre y en la Polonia de Adam Mickiewicz, Lamennais pidió una revolución en la Iglesia, independizándola del Estado, pero para vincularla con el movimiento social «que está preparando nuevos destinos para el mundo» «para que la libertad la uniera con el orden a fin de corregir sus disparidades, para que la ciencia la reconciliara, mediante un debate sin trabas, con el dogma eterno, con el pueblo, a fin de derramar sobre sus inmensas miserias los flujos inagotables de la caridad divina». ¡Cuánta utopía concentrada! Esta nueva alianza supuestamente inspirada en el Evangelio, que sustituiría a la milenaria, prestigiosísima y probada alianza constantiniana elogiada por León XIII y querida por Dios, se basaría en la libertad. «Buscamos ante todo la libertad de conciencia o la libertad religiosa plena y universal, sin distinciones ni privilegios y, por consiguiente, en lo que nos concierne, como católicos, buscamos la separación total entre la Iglesia y el Estado», escribieron los editores de L’Avenir el 7 de diciembre de 1830. Cundió el escándalo, la decepción, la confusión. Gregorio XVI condenó la nueva oleada ideológica en términos severísimos. Publicó Palabras de un creyente, «libro de pequeño tamaño pero de inmensa perversidad» (Gregorio XVI). A la condena papal del mismo, seguida de su excomunión (1836), Lamennais respondió apostatando públicamente, llegando en Negocios de Roma a llamar la Curia romana «la más infame de las cloacas».
Desde su misma conversión de la incredulidad volteriana al ultramontanismo y el teocratismo medieval, fue corriéndose a posiciones doctrinales cada vez peores —ultramontanismo; liberalismo; antirromanismo; neocristianismo de trasfondo socialista; racionalismo, panteísmo— siempre fundado en su error del consenso universal, que parecía convertir en paralelo al sufragio roussoniano.
En Francia, con el advenimiento de la revolución de 1848, los medios democristianos sacaron ventaja de la euforia inicial, traducida en una aspiración a ver todas las clases fraternalmente unidas, trabajando juntas por el bien de todos. Por varios meses tuvo su órgano de expresión en el periódico L’Ère nouvelle, que no solo intentaba defender los principios de 1789 y las supuestas ventajas del régimen republicano que dejó a Francia postrada, arruinada e irreconocible, sino también promover varias reformas sociales consideradas revolucionarias en aquel tiempo. Elegido presidente ese mismo año, Luis Napoleón Bonaparte reprimió (diríamos que felizmente) esos brotes republicanos populistas pretendidamente adheridos a la verdadera religión. Siguieron décadas con eventos y personajes de importancia secundaria para el bien y para el mal.
Marc Sangnier
En 1894 el tema católico liberal es retomado por Marc Sangnier con su publicación filosófica Le Sillon, cuya gran aspiración era democratizar la Iglesia y adaptarla a las formas modernas y populares privándola de su esencia inmortal. Propugnaba sin reserva la teoría naturalista de evolución religiosa, subrayaba la importancia de la teología dinámica por oposición a la teología sistemática y estática, daba prioridad a la vida cristiana bajo forma íntima personal y social sobre las especulaciones racionales. Descartaba la apologética tomista a favor de otra supuestamente mucho más eficaz para persuadir que exacta para expresar. Anticipó el modernismo, cuyas ideas propagaba. Y llegó hasta el extremo de propugnar la supresión del órgano de la autoridad, el Estado, en la sociedad civil, y a afirmar que bien se puede decir que muchos de sus contemporáneos eran ateos por tener un ideal de justicia y verdad superior al de los creyentes. El movimiento de Marc Sangnier fue condenado severamente por San Pío X en 1910, que examina en detalle sus aberraciones. Los objetivos del Sillon eran «una mera construcción verbal y quimérica» basada en una «mezcolanza» de palabras como «libertad, justicia, fraternidad, amor, igualdad y exultación humana», todas ellas sustentadas «en una dignidad humana mal entendida», condenó el Papa. Además, «el Sillon, con la mirada fija en una quimera, trae consigo el socialismo», advirtió. Pero quizás lo más peligroso de todo era «la pretensión del Sillon de escapar a la jurisdicción de la autoridad eclesiástica», señaló Pío X.
El modernismo
Pocos años antes de la condena del Sillon, San Pío X expuso brillantemente y reprobó severísimamente el modernismo. El modernismo expone como principio y fundamento de toda religión una fe que reside por inmanencia vital en un sentimiento íntimo que tiene por distintivo el envolver en sí mismo la propia realidad de Dios como su objeto y causa íntima, y el unir en cierta manera al hombre con Dios. La fe contenida en el sentimiento religioso, en cuanto fe, escaparía por completo a la ciencia y a la historia, y dependería de un hecho natural misterioso o un hombre extraordinario —típicamente el mismo Jesucristo— y le comunicaría su vida. Para superar la confusión originaria de tal sentimiento con el hombre, la inteligencia lo ayudaría a traducir, primero en representaciones y después en palabras, los fenómenos vitales que en él se producen. Y así es como los modernistas retrotraen el dogma a primitivas fórmulas simples que traducen natural y espontáneamente el contenido del sentimiento religioso y sobre las cuales la inteligencia —antes la gran ausente— hace un trabajo de superponerse refleja y profundamente interpretando lo pensado imprecisamente con sentencias precisas que formarán los dogmas. Estos, intermedios entre el creyente y su fe, son, con relación a esta, signos inadecuados llamados símbolos, y con relación a aquel, meros instrumentos. Aquí se ve la perfecta mutabilidad y relatividad completa de los dogmas para los modernistas. El modernismo disuelve toda religión y es la suma de todas las herejías.
Tras ser aplastado por San Pío X en 1907, revivió en los años 40 y 50 bajo nuevas formas, que eran cultivadas en varios núcleos religiosos de Buenos Aires a los que para su desgracia y la de otros era afín E. S. Un error crucial que él debe al segundo modernismo es el del apostolado silencioso de mera presencia y penetración, que se retrotrae a la herejía de la inmanencia vital como fuente de religión. Así, «irradiando amor», salpicado con bellos eslóganes provisorios, sin transmisión oral de doctrina ninguna, uno acercaría a otros a las condiciones psicológicas que producen el sentimiento que «enfrasca» la fe y sobre el cual después la inteligencia haría una interpretación útil y provisoria. Fue una creencia capital de E. S. desde su «conversión» marplatense de 1941: «debo agradecer a Dios por haber decidido que yo sea un tabernáculo capaz de irradiar amor a quienes se me acerquen» —y de paso sientan con qué par de palabritas los hace vibrar de emoción. Utópico e inconducente «apostolado» cuyo único fruto es la vana complacencia del que lo practica, que se auto-admira mientras se supone admirado y no convierte ni aún ilumina a nadie.
Cardijn
Los cambios anunciados por el Concilio Vaticano II se prepararon durante un período de 160 años, desde la Revolución Francesa hasta la víspera del Concilio. Basándonos en Cardijn mismo podemos dividir este período en tres «generaciones»: Lamennais, Sangnier, y el mismo Cardijn. Cada generación desempeñó un papel decisivo en el proceso de alejar a la Iglesia de la mentalidad «integrista» que había prevalecido anteriormente hacia la adopción de un principio de reconciliación deliberada entre la Iglesia y el mundo corrompido y anticristiano, que finalmente allanaría el camino para el Concilio Vaticano II.
Joseph-Léon Cardijn (1882—1967) fue un prelado belga que, bajo la bella apariencia de asistir a los trabajadores, se pasó la vida socavando el tomismo y cultivando el modernismo y la subversión interna de la Iglesia bajo nuevas formas ingeniosas e insospechadas. Admiró a Lamennais en su adolescencia, inspiró la JOC —Juventud Obrera Católica—, fundando la primera rama, la belga, en 1925, se pasó la vida exaltando la ideología de Marc Sangnier, llamando al papalmente condenado y prohibido Sillon «el mayor auge de la fe y el apostolado el mayor auge de la fe y el apostolado desde la Revolución [Francesa]». En un relato que data de su estancia en el seminario mayor de Malinas, Cardijn muestra afinidad encubierta por el modernismo que allí estaba en plena efervescencia.
Cardijn se apartó por completo del método de estudios sociales de jóvenes católicos enseñado por la Association Catholique de la Jeunesse Française (ACJF), fundada en 1886 por el monarquista Albert Le Mun, que consistía en el trinomio «piedad—estudio—acción», suplantándolo por «ver—juzgar—actuar». Cardijn tuvo una influencia colosal a la larga. Astutamente, fingía apartarse del subjetivismo innato al modernismo y ser objetivo, «ver», como quien abstrajera, sana y aristotélicamente, los universales de los particulares. Además, tras «ver» enseñaría a «juzgar». ¿No es este el proceso simple y sano del pensamiento? No siempre. Ante todo, no se puede abstraer universales instructivos a partir de hechos complejos y cargados de emociones, si nunca se aprendieron complejos esquemas y elevados planos en donde ubicarlos, y si no se está suficientemente equipado con universales católicos inmutables y sus conclusiones. Cardijn infunde a los suyos la ilusión de que observando directamente hechos desnudos primitivamente sentidos —los cuales sin formación superior, naturalmente estarán expuestos al modernismo, secularismo, socialismo y a la horizontalidad— se intuye nada menos que lo que significan en el Cristianismo.
Lo importante es tener una mente que, en vez de tener un «ver» que acumule empíricamente, por vía inductiva, hechos particulares —una situación humana concreta— y los juzgue improvisadamente, más bien recolecte de la Verdad revelada, según la teología y filosofía católicas, por vía deductiva, útiles esquemas de principios bastante generales para aclarar los sucesos nuevos a medida que se producen, sin necesidad de «vivenciar todo» —tarea inútil y hasta imposible, por lo demás. No se puede concluir sobre la revelación de Dios a partir de una situación humana concreta; se debe concluir a partir de la revelación de Dios acerca de cómo el hombre debe actuar.
Para resolver problemas relativos a las distintas clases de trato social, Enrique adoptó el sofístico método cardijniano de zambullirse directamente en una situación social emocionalmente compleja, en hechos vividos con intensidad, viendo y sintiendo sin preparación ni referencia previa. Los «lugares teológicos» —fuentes de donde el pensamiento religioso saca sus principios, argumentos e instrumentos— se dan para Cardijn en los hechos de la vida obrera, especialmente los vividos con intensidad, o que responden a lo sentido como las exigencias imperiosas de la vida, como decía el mismo Sangnier. Para Enrique los lugares teológicos se dan, además, en los hechos de la vida empresaria y en las exigencias imperiosas del desarrollo. Para Cardijn, «ver» (que más bien debería llamarse «sentir») implica tomar conciencia de estar concernido por un hecho: también para Enrique. Para «juzgar» Cardijn recurría a una selección de pasajes bíblicos y «eventos de la vida de la Iglesia» aplicados a lo «visto», selección que, correspondiendo a ideas preconcebidas horizontales, no daría la menor garantía de acierto. Para Enrique, no hay, como tampoco para Cardijn, extensos esquemas de principios superiores ordenantes en los cuales ver todo adecuadamente. El juzgar de hechos «vistos», o mejor dicho sentidos y saboreados, en la vida obrera o empresaria sigue: 1º, la que Enrique entiende ser «doctrina de Cristo», interpretada como mero amor fraterno filantrópico horizontal nublado en desgaje total de la Realeza y del Derecho Universal del Redentor sobre todas las partes de la vida humana individual, social, política e intelectual, —2º, los ponzoñosos libros del segundo modernismo que eligió leer, y —3º, el «tabernáculo radiante de amor divino» que él mismo creyó ser desde su pretendida conversión. Del resultante remolino indefinido de ver sintiendo y juzgar sintiendo, pasaría al «actuar» —también sintiendo. De la doctrina de Cristo aplicada a problemas de colectivos humanos a Enrique no le interesaron los modos cómo se ha de tratar de reedificar la Ciudad de Dios derrumbada por la Revolución Anticristiana instruyéndose en Doctrina Política Católica y propagándola, y golpeando con fuerza a las puertas de las instituciones para abrirlas a dicha doctrina. Tampoco le interesó presentar vistas sintéticas sobre los grandes males y los grandes remedios de los tiempos presentes.
Cardijn y Enrique estuvieron todos carcomidos por algo que —por hermanarse el modernismo con la democracia— brota de la inmanencia vital modernista que hemos visto: la inmanencia social que pide vivir y pensar en masa al tratar con empleados —e incluso con socios. Esta tiene todo para llevar a sus víctimas, en el plano de los intercambios humanos, a cualquier tontera, eventualmente nefasta, de una actividad sustraída a la conducción de la razón iluminada por la Fe en pro del impulso y la imaginación. Enrique dijo, por ejemplo (lo cual analizaremos en la segunda parte):
El dirigente de empresa debe ser motor y no máquina. […] ¿Qué es lo que quema? Él mismo. ¿Con qué? Con el calor producido por Dios; calor que es amor. […] El corazón recibe y da. Un gerente —corazón de la empresa— continuamente recibe y da con el corazón, y en el proceso patronal mejora y enriquece como el pulmón en el cuerpo.
Inmanencia social agravada con la egolatría del «tabernáculo andante». El hombre que debe reiteradamente trazar un camino de acción entre semejantes, no puede simplemente dejar que la vida dicte sus acciones. En la ciencia de las relaciones sociales existen principios fundamentales revelados por Dios sin cuya luz nos extraviamos inevitablemente. No los «vemos» en nosotros mismos, y así como la experiencia religiosa no puede producir una religión específicamente determinada con exclusión de todas las demás, así tampoco la experiencia social ni la mera observación de los hechos pueden llevarnos a determinar las normas de la vida social. Allí también existen verdades trascendentes, allí también una verdadera revelación. ¿Dónde buscaremos el fundamento de nuestra acción reformadora? En las nociones mismas de paternidad y filiación divinas, de redención y de la herencia sobrenatural que los católicos estamos llamados a compartir con Cristo. La sociedad es querida por Dios en el plan de su providencia; a este plan monárquico y todo luminoso se lo llama orden social cristiano, y nuestra acción social ha de estructurarse según su diseño. En la luz de ese plan superior y prioritario se esquematizan en sus esencias todas las interacciones humanas que requieren un juicio y una acción. No en lo primero que se ve y se toca y se siente.
Para Bergoglio, que denuncia constantemente los supuestos peligros de la rigidez intelectual y moral y el aislamiento de la vida de la gente común, es evidente el atractivo de Cardijn y su método «desde abajo» —atractivo unido a la fobia por las fórmulas teológicas católicas inmutables y siempre valederas: allí está el origen de la pastoral perversa de la exhortación apostólica Amoris laetitia, que dice:
«Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. […] ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada “irregular” viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante. Los límites no tienen que ver solamente con un eventual desconocimiento de la norma. Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender “los valores inherentes a la norma” o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa.»
El canónigo Cardijn y su JOC y el Padre Yves Congar —que en signo de desprecio orinó en el muro del Santo Oficio de Roma— colaboraron largamente en opiniones heréticas sobre el protestante, contradictorio e imposible «sacerdocio laico». Y Cardijn dijo de Marx: «si yo hubiera nacido treinta y dos años antes y él treinta y dos después, habría sido mi primer jocista».
Cardijn tuvo una influencia notoria en el conciliábulo de la apostasía de 1962, y hasta lo ultrapasó, quejándose indignado, en 1967, de que la inicial estructura diseñada por Pablo VI para el apostolado laico no era suficientemente democrática, pues dependía de un cardenal. Cardijn dio pábulo aún a las visiones más extremadas, izquierdistas y revolucionarias de Bergoglio y el sinodalismo. Stefan Gigacz, sagaz y metódico teólogo hipermodernista fanático de Cardijn —el más inteligente de los maestros de E. S.— argumentó que aquel debe ser redescubierto por la Iglesia a medida que redescubre el Concilio Vaticano II a través del trabajo del pretendiente papal Francisco.
El mismísimo Joseph Cardijn en persona, cara a cara, fue amigo de confianza de E. S. con quien se encontró en 1949 y a quien exhortó a fundar la ACDE (Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa), lo cual ocurriría en 1952. (¿Por qué no la tituló «Asociación Católica de Dirigentes de Empresas»? ¿Para ser ecumenista?) E. S. fue nombrado jocista —y por ende hijo espiritual de Cardijn— honorario. El estúpido y liberal biógrafo de Enrique, Ambrosio Romero Carranza, se deshace en elogios del monstruo Cardijn.
Hay un detalle para añadir sobre los males de la JOC de Cardijn a la que pertenecía Enrique. El influyente Padre Lucio Gera (1924-2012), en una entrevista publicada en el Nº 116 de la revista «Teología» de abril de 2015, dijo: «en pleno período antiperonista, la JOC argentina defendió a Perón y al sindicalismo peronista».
Mal lector
Hay que notar que Enrique era muy afecto al «diálogo» ecumenista, que esperaba enriquecerse con la escucha de pensamientos acatólicos, y le agradaba decir «católico quiere decir ‘universal’», como si esto significase adaptarse a todas las ideologías. La Verdad tiene derechos sobre el error, y el único deber que tiene sobre este es el de aborrecerlo y destruirlo.
En sus publicaciones, Enrique muestra aprecio y hasta admiración por obras de contenido nada recomendable para el espíritu católico. Una de ellas es «¿Crecer o declinar de la Iglesia» del cardenal Emmanuel Suhard (sucesor de Jean Verdier), que él llama «maravillosa». E. S. está mal acompañado entre los entusiastas de ese documento: lo llama «casi profético» el devastador cardenal Kasper, que comparte la herejía y apostasía del Catecismo Holandés de que «la doctrina de la divinidad y humanidad de Jesús constituye un desarrollo de la convicción original de que este hombre es nuestra salvación divina». Es una famosa carta pastoral cuaresmal publicada en 1947, con una visión desviada sobre los tiempos contemporáneos, abogando por una Iglesia «abierta al mundo», y que deje caer sus defensas. Es un texto que es tomado como anticipo del funesto Concilio de la Apostasía, el Vaticano II, que sólo se abrió al mundo cerrándose al Cielo e impeliendo a decenas de millones de católicos a salirse del Catolicismo… Suhard fue oído y corazón para las masas descristianizadas, pero para hacerse como ellas también en lo defectuoso. Fue una figura decisiva en la creación del movimiento de sacerdotes obreros, que fue censurado por Roma en los años 50, sobre todo cuando los sacerdotes comenzaron a involucrarse en actividades políticas y en huelgas. Suhard apoyó fuertemente la visión de Joseph Cardijn en la implementación de la JOC (Juventud Obrera Católica). Suhard también consideró que el filósofo fundamentalmente anti-tomista Bergson había recibido el bautismo de deseo.
Hablando de libros deletéreos, Enrique leyó y citó varias veces L’Enfant et son devoir professionnel: perspectives théologiques. Uno de los autores fue Marie-Dominique Chenu, teólogo progresista que ya había sido puesto en el Índice de libros prohibidos por Pío XII y el Santo Oficio en 1942.
Sus ideas torcidas las publicó hacia el final de su vida, a partir de 1957, mucho después de su encuentro de 1950 con Pío XII, que ciertamente no estaba al tanto de los pensamientos que ya revoloteaban en la cabeza trastornada y hueca de E. S. Y la misión que Pío XII asignaba a la empresa católica ciertamente no se restringía a practicar la justicia social, sino que incluía expandir el catolicismo en todos los órdenes de la sociedad.
La conferencia del epígrafe puede llamarse la «obra maestra» de E. S.; es también la más densa y la de peor doctrina. Es tristísimo como, en su último año de vida, y en medio de los dolores de su enfermedad final, él se revolviese como nunca entre pensamientos de autores de pésima doctrina y herejes. Veamos algunos de ellos, citados por él mismo:
• Robert Guelluy (1913–2001). Autor modernista influyente que afirma que sin Cardijn el «concilio» no habría sido lo que fue, y siguió desde el principio su «teología de los signos de los tiempos». Veamos en qué términos miserables, vanos, huecos, solo conducentes a mayor confusión, embebidos de los sofismas «cardijnistas», habla de él Joseph Famerée, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Lovaina:
Desde los años 70 el canónigo Guelluy será director del Secretariado para los no creyentes de la Bélgica francófona. Allí puede sentir el acierto de sus grandes intuiciones: ver, comprender; comprender el estado de espíritu de los creyentes respecto de los no creyentes y viceversa; comprender mejor a los demás, también es comprenderse mejor a sí mismo y viceversa; comprenderse debe conducir a estimarse y respetarse, a estar más apto para apreciar el alcance de las posiciones del propio interlocutor, como de las suyas propias, a estar un poco mejor evangelizado, y por fin a encontrar a sus hermanos de manera más evangélica.
• Bernhard Häring (1912–1998). Teólogo moral alemán Bernhard Häring. En 1954, alcanzó fama internacional como teólogo moral con su obra en tres volúmenes, La Ley de Cristo. Basó la teología moral en las enseñanzas morales de Jesús en la Biblia, en lugar de en «un sistema legalista de preceptos y sanciones». Presenta un enfoque dialógico de la teología moral católica. En este enfoque, la moralidad sigue el patrón de la fe, lo que requiere un diálogo. Este enfoque de la moralidad se basa en la conciencia de la persona, que reconoce a Dios como fundamento de los valores. Allí se perciben ecos «cardijnistas». Pero fue mucho más lejos. Fue un destacado disidente de la prohibición de la anticoncepción artificial por Pablo VI, y con ello, negando lo que siempre había sido patrimonio dogmático, un hereje.
• Pierre-André Liégé (1921–1979). Como perfecto hereje modernista, afirma que el acto trascendente de la Palabra de Dios solo nos es accesible por su inminencia en diversas manifestaciones históricas que constituyen la Historia revelada. A Liégé le importa mucho estar en contacto directo con su época, que exigía, dice él, redescubrir y vivir la fe cristiana «en su esencia, sin que fuera únicamente “religión”». Liégé cree que el acto trascendente de la Palabra sólo nos es accesible por su inminencia en las diversas manifestaciones históricas que constituyen la Historia revelada. Y cree que por su Resurrección Jesús reveló definitiva y plenamente la intención de la gloria de Dios de significar (= ser signo de) el destino humano y el poder divino hacia la vida eterna.
• Gustave Thils (1909–2000). Historiador favorable del movimiento ecuménico que fue el «pulso» del ecumenismo, llamado «abandono de la religión revelada por Dios» en la encíclica «Mortalium animos» de Pío XI.
• Yves de Montcheuil (1900–1944). Amigo cercano de Henri de Lubac, el neomodernista que inventó la noción de la «tradición viviente»: el río de la Tradición sólo puede llegar hasta nosotros quitándosele continuamente arena del lecho. Esto es la simple expresión del relativismo dogmático que rechaza los dogmas recibidos tales cuales. La Tradición viviente lubaciana, tomada de Blondel —que lo influyó profundamente—, recuerda la ley de la vida de Loisy —archi-modernista excomulgado con quien De Montcheuil intercambió correspondencia amistosa— según la cual la Iglesia se deforma y se transforma en la más perfecta contradicción. De Montcheuil fue enemigo del método escolástico y estuvo implicado en la nouvelle théologie; algunas de sus obras fueron censuradas por la Iglesia. Se lo considera precursor de la teología de liberación.
• Hans Urs von Balthasar (1905–1988). Gran hereje neomodernista. Escribió que «creer es solo amar», y negó que haya alguien penando en el infierno eterno.
• John Courtney Murray (1904–1967). A finales de la década de 1940, argumentó que la doctrina católica sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado era inadecuada para el «funcionamiento moral» de los pueblos contemporáneos. Afirmó que el Occidente angloamericano había desarrollado una verdad más completa sobre la dignidad humana, que consistía en la responsabilidad de todos los ciudadanos de asumir el «control moral» sobre sus propias creencias religiosas. La afirmación de Murray de que había surgido una «nueva verdad moral» fuera de la Iglesia provocó un conflicto con el cardenal Alfredo Ottaviani, prosecretario del Santo Oficio Vaticano. En 1954, el Vaticano exigió a Murray que dejara de escribir sobre libertad religiosa y de publicar sus dos últimos artículos sobre el tema.
F Comentario: ¿Qué habrían dicho los integrantes —como el eximio Mons. Octavio Derisi— del primer Consejo de Administración de la Universidad Católica Argentina de 1958, al cual E. S. pertenecía, si se hubieran enterado bien de cerca y en detalle de las ideas perniciosas que él consumía y de las que poco más tarde produciría en conferencias y publicaría?
Otras conexiones de Enrique Shaw
E. S. apoyó, y encontró en Buenos Aires, al activista brasileño Alceu Amoroso Lima, que escribió bajo el seudónimo «Tristán de Athayde» y también fue devoto de la JOC. Éste tuvo una estrecha amistad con Dom Hélder Câmara, el vergonzoso obispo comunista brasileño que decía en versos ser subversivo y tener fe de guerrillero y amor de revolución. Alceu se colocaba a sí mismo entre los «renovadores de la Iglesia» y se mostró favorable a la Teología de la Liberación liderada en su país por Leonardo Boff. Pleiteó el diálogo y la colaboración con los marxistas, que por supuesto propugnaban saqueos de tierras. Extrañamente, o no tanto, fundó la Organización Demócrata Cristiana de América.
En los países latinos, la democracia cristiana de corte político —no la que León XIII admite: acción cristiana benéfica a favor del pueblo— siempre fue enemiga del verdadero Catolicismo. Tanto en su origen con Lamennais, como en su actualidad, pretende llevar los ideales —sobre todo el laicismo y el pluralismo— nacidos del gran ideal anticatólico de la soberanía popular de la Revolución Francesa, a una perfecta fusión con valores vagos que interpreta como cristianos: libertad, respeto a las personas, derechos humanos, etc. —con exclusión tajante de todo dogma de Fe y de toda referencia al Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo. Aclaramos para el eventual lector no informado que dicho reinado consiste en el hecho de que toda la legislación, toda la educación y todas las costumbres se ajusten al Evangelio y de que el poder influya catolicismo en todas las almas sin forzar ninguna. En 1955 E. S. se adhirió a la democracia cristiana anticatólica. En el ambiente ideológico en que respiraba, mal habría podido apreciar la España de Franco y el Portugal de Salazar que al menos dieron algunos pasos reales hacia la cristianización del pueblo.
Otro movimiento negativo al que Enrique adhirió fue el liturgicismo, oriundo del originalmente excelente Movimiento Litúrgico de Dom Guéranger, que Dom Beauduin desvió en una dirección que haría de él un vehículo del neomodernismo. El entusiasmo por este infeliz brote que trajo tan malos frutos, lo determinó a Enrique a pedir que sus hijos fueran bautizados en español. Esto, en los años 40 y 50, solo pudo concederlo un sacerdote poco respetuoso por el uso recibido y oficial y por la unidad católica en la Tradición. El liturgicismo a mediados de los años 30 era compañero ideológico de la Acción Católica decaída en el segundo modernismo.
No habla muy positivamente de E. S., sobre todo a largo plazo, el hecho de que se sintió como en su casa entre precursores inmediatos del Concilio Vaticano II cuyo resultado fue causar el éxodo de decenas de millones de católicos fuera de la Iglesia; sumir a multitudes de católicos, sacerdotes y laicos, en una enorme crisis de Fe y moral; envolver el mundo en una religión maligna y engañosa empleada para subvertir todo el Catolicismo hasta su última molécula.
Enrique y el Opus Dei tienen muchos rasgos negativos en común, y esa institución ya estaba establecida en Buenos Aires en los últimos diez años de vida de él. ¿Por qué no adhirió a ella? Probablemente le pareció demasiado de derecha y no bastante moderna.
Una vez le dijo a su esposa Cecilia que había ido a confesarse con un sacerdote «nada moderno» como penitencia… Lástima que no hizo penitencia de su odio efectivo si no afectivo a la Tradición. Todo buen católico, sacerdote o laico, es nada moderno.
En los años 40 y 50 también había católicos verdaderos, los integristas, enteramente fieles a la Tradición y al Magisterio Perenne Infalible sobre todo contra los errores contemporáneos, y Enrique, con toda su influencia como jefe de empresa activo, padre de familia y conferencista, los dejó de lado.
En los años 30 comenzaron a despuntar en todas las ramas de la Acción Católica —inicialmente excelente— del mundo errores y tendencias neomodernistas, con la complicidad de sectores «de avanzada» del clero. Se comenzó a hablar de un utópico «apostolado de infiltración», que suplanta la transmisión declarada de la verdad católica agradable y desagradable por la adopción de actitudes y gestos dulces y atrayentes desligados de cualquier doctrina clara, máxime si además es severa y dura. La A. C. también llevó a creer que la vida litúrgica santifica con solo sumergirse vitalmente en ella, pues la misma opera mágicamente y anula toda tentación y peligro moral sin esfuerzos algunos.
La A. C. tiene un principio que E. S. se toma muy a pecho: los malos son tales solo porque los buenos desconfiaron de ellos. El día en que el bueno confíe en el malo, este se convierte y se vuelve bueno. Con relación al mal, uno debe conducir la política de la mano extendida: dejar a todos los hombres hacer lo que quieran y todo terminará bien: acabar con toda preocupación moralizante.
La A. C. terminó adoptando un sistema doctrinario similar al modernismo.
E. S. se incorporó activamente a la Acción Católica Argentina alrededor de 1947, poco después de comenzar su labor empresaria. Dentro de la institución, formó parte del Consejo Arquidiocesano de Hombres y la Junta Central, llegando a ser un destacado dirigente antes de fundar la ACDE en 1952.
{1} Hay dos versiones sobre quién escribió el libro con cuya lectura Enrique dijo haber tenido a los veinte años su «conversión definitiva», en sus propias palabras. Según dice su hija Sara en un libro público, fue el cardenal Verdier, primado de Francia. Según el biógrafo de Enrique, Ambrosio Romero Carranza, fue el sucesor mucho peor de Verdier: el cardenal Suhard. Damos más crédito a la primera versión.
Mirando de afuera y de adentro la ontología de una empresa según los postulados aristotélico-tomísticos, puede advertirse la monstruosa deformación que tiene de ese concepto Enrique Shaw, que la presenta como lo haría un ateo. Extraño, si se considera que su persona está siendo presentada como lo más exquisitamente santo y católico que haya habido jamás en cuanto a comprensión de la empresa ideal…
- bien común sobrenatural de la empresa
- bien común sobrenatural imperfecto de la empresa: la participación compartida de la humanidad en la vida de la contemplación imperfecta de Dios por la Fe y la Gracia durante este exilio;
- bien común sobrenatural perfecto de la (ex) empresa: la contemplación perfecta y facial de Dios en la Luz de la Gloria.
- bien común natural de la empresa
- bien común natural universal de la empresa, propio de toda la sociedad política: la felicidad imperfecta como puede tenerse aquí:
- la contemplación de Dios, la Verdad misma, a través de las criaturas;
- la operación del entendimiento práctico que ordena las acciones y pasiones humanas.
- bien común natural particular de la empresa, inseparable del natural universal y del sobrenatural: trabajo en común:
- trabajo en común visto objetivamente: los bienes y servicios que satisfacen las necesidades y deseos humanos;
- trabajo en común visto subjetivamente: el propio trabajo conjunto armonioso y de producción, que proporciona a los trabajadores una oportunidad de desarrollar sus virtudes morales, intelectuales, artísticas y técnicas, y fomenta las relaciones interhumanas armoniosas fuera de la empresa.
- bien común natural universal de la empresa, propio de toda la sociedad política: la felicidad imperfecta como puede tenerse aquí:
Enrique Shaw sólo reconoce el bien común natural particular de la empresa, y lo reconoce como no es: desligado del natural universal y del sobrenatural, y desligado de Dios.
El fin del hombre en su dimensión sobrenatural sirve de fundamento a la unidad de la sociedad política y de sociedades subordinadas como la empresarial. Tal fin último, en cuanto es verdadero fin del hombre, lo atrae todo hacia sí, de modo que así como la persona humana no puede sustraerse a dicho influjo, tampoco pueden hacerlo las sociedades ni las empresas. Y es que la vida en gracia es la misma vida divina participada en la creatura racional, es decir, la gracia se constituye en principio entitativo del cristiano, de modo que su influjo se hace sentir en todos los ámbitos de su vida y no sólo en los directamente religiosos. Dicho esto, resulta claro que el cristianismo no se reducirá, en una sociedad, meramente a dar forma a ciertos actos de culto público, sino que será un principio o fuerza vital de donde arranque toda iniciativa que se realice, sea directamente relacionada con el orden sobrenatural, sea relacionada, de modo más directo, con el natural. Y es que, así como en la vida del hombre particular la gracia de Dios se proyecta en cada acto particular del individuo, aun en los más insignificantes, también en la vida social el cristianismo se expresará en todos los ámbitos y no sólo en aquellos expresamente religiosos. El cristianismo, al ser vida, se trasluce en la vida social, haciendo de raíz civilizadora que se compenetra con el alma de la sociedad concreta con todas sus empresas.
El hombre al ser elevado por la gracia sobrenatural se ve obligado a ser fiel a su nueva vocación, pues de no hacerlo, no puede alcanzar la perfección que le compete en el estado actual de la naturaleza humana. Por eso la sociedad cristiana no puede olvidar su cristianismo sin olvidar asimismo su nueva vocación, que le es estrictamente obligatoria, y todo aquel que tiene relación de mando— incluido, por supuesto, el dirigente de empresa— debe fomentar y defender esta vocación inculcando contenidos y modos de pensamiento y conducta cristianos en sus subordinados. De esto E. S. no dice palabra. Solo sonrisa, generosidad, paciencia y tolerancia como las tendría un ateo.
En una sociedad civil católica, las sociedades subordinadas, como las empresas, deben ser ordenadas por sus dirigentes hacia Dios en pro del bien común sobrenatural y natural. La vida especulativa o contemplativa es la fuente principal de la felicidad del hombre aún en la tierra. Esto vale para los empleados de toda empresa. Ahora bien, la modernidad embrutecedora ha vuelto muy difícil la aplicación directa del intelecto a Dios o a cosas divinas en el plano meramente natural y sin el chispazo activador de la Religión Católica y sus maravillas especiales. Con recurso a estas, los empleados deberían ser despertados por su jefe a contemplar lo que Dios ha revelado sobre sí mismo, sobre el hombre, y sobre el enlace entre ambos, sin lo cual tampoco se practica el bien moral, ni se mejora la sociedad. De esto E. S. se ocupó poco y nada. Así, dejó a sus empleados privados de su bien principal, y servidos solo con algunos bienes morales no religiosos y con bienes interiores y exteriores del cuerpo.
En la aparente colisión en el cumplimiento de los deberes «para con Dios y para con el César», debe observarse la regla de que un derecho menor deja de existir frente a uno mayor. Para el católico verdadero, el fin de los fines es el fin de la Iglesia: Dios y su gloria.
Enunciado de E. S.
El dirigente de empresa ve la historia como una marcha progresiva.
Examen
Responderemos tomando palabras del Padre Julio Meinvielle. Si el mundo moderno, que en cierto sentido tiene una raíz católica, ha de ser salvado, lo ha de ser por la Ciudad Católica, tradicional, por aquella de la que San Pío X decía «no está por inventar ni por construir en las nubes sino que ha existido y existe, es la civilización cristiana, es la ciudad católica». Esta es nuestra firme convicción. La ciudad católica tradicional y sacra, del mismo tipo, en cuanto a su esencia que aquella que conoció el Medioevo, es la única que nos puede salvar de un mundo que muere una muerte extrema por laicista y ateo, después de haber sufrido muertes crecientes sucesivas en el Renacimiento, la Pseudo-Reforma, la Ilustración, la Revolución Francesa, el romanticismo, el superhombre nietzscheano, el comunismo, el tribalismo. Al ver Enrique todo este horrible descenso evidente como una marcha pro-gresiva —en sintonía con los peores enemigos históricos del Catolicismo incluido Marx— lo fomenta en sí mismo y en torno suyo.
Para mayor claridad citaremos al Padre Meinvielle, que a su vez cita a Maritain con quien tiene buena empatía E. S.:
Podrá haber en el hombre —ser heterogéneo y de muchas dimensiones— aspectos parciales de progreso y regreso simultáneos. Pero el hombre en cuanto hombre, la humanidad en cuanto humanidad, y la historia humana en cuanto historia humana, progresará o regresará. Progresará —añadimos nosotros— si se acerca más a Dios y regresará si se aparta de Dios. Y sabido es que para ciertos grupos humanos es fácil aquilatar en determinados períodos este acercamiento o alejamiento. Maritain, en cambio, parece no admitir sino el progreso. En Los derechos del hombre afirma categóricamente que hay que aceptar el progreso si no se quiere desesperar del hombre y de la libertad, lo cual es de por sí un principio de suicidio histórico.
El Padre Meinvielle concluye sagazmente:
Es claro que si se acepta esta tesis del carácter necesariamente progresista de la historia, hay que convenir que el mundo moderno con el naturalismo, el liberalismo y el comunismo, que vienen después de la ciudad católica medioeval, sería más humano que ésta; y que por tanto, la nueva ciudad católica –la Nueva Cristiandad de Maritain, la laica–, no ha de renunciar a ese naturalismo, liberalismo y comunismo de la revolución anticristiana. La conclusión no puede ser más impía. Sin embargo, fluye en buena lógica de los principios.
Añadamos que San Pío X planteó esta pregunta en su primera encíclica:
¿quién puede ignorar que la sociedad, más que en ninguna época pasada, padece hoy una terrible y profunda enfermedad que, desarrollándose cada día y corroyendo su ser más profundo, la arrastra a la destrucción?»
Parece que E. S. es uno de los que sí pueden ignorar eso… La Historia de Occidente lleva siete siglos abandonando a Cristo, con retornos pequeños e incompletos. No reconocer la Sociedad Cristiana pasada en contraste con la Sociedad Anticristiana presente, y no interesarse por la primera, es propio de quien hace de la mejora de la sociedad una palabra hueca.
Enunciado de E. S.
Debo exteriorizar alegría, buen humor, mansedumbre, serenidad, paz y dulzura. Nunca fruncir el ceño, ni encolerizarme, ni estar malhumorado. Seré accesible, benévolo para con los demás, agradable siempre, sonriente en toda ocasión.
Examen
Damos a continuación la explanación del Ilmo. Mons. Antônio De Castro Mayer sobre la razón por la que muchas veces es oportuno atacar a quienes yerran y pecan:
«La sentencia impugnada parece suponer que todo castigo impuesto a los que yerran es un acto de hostilidad contra ellos. La Iglesia enseña, por el contrario, que es una obra de misericordia. Solamente no lo será cuando fuere dictado por el odio, envidia, o espíritu de difamación, o cuando fuere excesivo e inoportuno. Por otra parte, toda la historia de la Iglesia, aun antes de su fundación, en el período de preparación, hasta sus últimos doctores, San Francisco de Sales, por ejemplo, están llenas de actitudes vehementes, fuertes, contra los pecadores y herejes. Acordémonos del genímina viperarum (raza de víboras) de San Juan Bautista contra los Fariseos, del “sepulcros blanqueados”, “hipócritas”, de Jesucristo, contra el mismo género de personas, etc.»
Además de usar «alegría, buen humor, mansedumbre, serenidad, paz y dulzura» en algunas ocasiones, en otras debe exhortarse al prójimo, ricos y pobres, empresarios, empleados e hijos, sobre todo si se tiene influencia y se los ve por largo tiempo, a hacer algo por conocer, aborrecer y combatir la Revolución Anticristiana dominante y los errores y perversiones más virulentos y actuales oriundos de ella, como el liberalismo, el laicismo, el modernismo religioso, político y social, el personalismo, el humanismo integral, el irenismo; además, las religiones y sectas falsas, el libertinaje invasivo y hasta contra natura, las adicciones, las diversiones malsanas, las modas vulgares y degradantes en literatura, música, pintura, arquitectura y todo lo que ofenda el sentir católico integrista.
«Seré agradable siempre». Caer bien por regla general a quienes aman lo que halaga los sentidos en la existencia humana presente, no es buen indicio. Nuestro Señor Jesucristo dijo a los judíos:
A vosotros no puede el mundo aborreceros; a mí sí que me aborrece, porque yo demuestro que sus obras son malas (Jn 7,6).
Y a sus discípulos:
Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya; pero como no sois del mundo, sino que os escogí yo del mundo, por eso el mundo os aborrece» (Jn 15,19).
Señalemos de paso que E. S. no siempre fue benévolo para los demás, pues —como veremos— vilipendia con mal disimulado desprecio a los católicos devotos tradicionales que critican el mundo moderno desquiciado y descristianizado en vez de «sonreírle».
Enunciado de E. S.
El empresario ha de ser Cristo en la empresa.
Examen
¿Conque el empresario ha de ser el Camino, la Verdad y la Vida en la empresa? ¿Ha de ser la Luz del mundo en la empresa? ¿Ha de ser el Alfa y la Omega en la empresa? Es chocante como E. S. se propone ideales astronómicos para después dar minucias . Si se dice más realistamente que el empresario ha de ser un apóstol de Cristo en la empresa, eso por sí solo implicaría mucho más que «fomentar el crecimiento humano (religiosamente neutro) de los trabajadores», serles amable y procurarles buenos salarios. Implicaría propagar la doctrina católica íntegra, todo el catecismo, y además las verdades oportunas que se oponen a los errores vigentes en el mundo viciado, y fomentar la oración mental, la frecuentación de los sacramentos y el combate contra el demonio, el mundo y la carne. Es grotesco que la empresa querida por E. S., supuestamente Gran Maestro genial de las empresas católicas, no se diferencia en nada de una empresa atea de Beijing, pues en esta puede sentarse un dirigente muy amable y socialmente justo que fomente el crecimiento humano de sus empleados. E. S., el «santo» y por ende superlativa y heroicamente católico, no se diferencia del dirigente de empresa ateo.
Enunciado de E. S.
A lo mejor alguien se pregunta: En sus palabras usted se ha referido al dirigente de empresa en general; el empresario cristiano ¿qué más tiene que hacer? Contesto: un dirigente de empresa cristiano no tiene que «hacer» más que el que no lo es; simplemente tiene que hacer las cosas en forma diferente.
Como dirigentes de empresa cristianos estamos convidados a hacer lo eterno con lo temporal, a servir a Dios mediante el servicio de los hombres en el terreno económico, a santificarnos a través de la profesión y a santificarla (la profesión). La función patronal, esclarecida por la unión con Cristo, vivida por los titulares de esa función, tiene un contenido distinto al de la función patronal, aun correctamente ejercida, de un no cristiano.
Examen
Si la dirigencia de empresa bajo el aspecto de la gracia tiene un contenido distinto que la dirigencia de empresa sin más, implica hacer más. Pero no nos perdamos en discutir si hacer lo mismo de otro modo es realmente hacer lo mismo. Concordamos en que hay un importantísimo, divino, «plus» en la dirigencia de empresa en que echa raíces la vida sobrenatural. ¿En qué consiste ese «plus»? E. S. amaga darlo a conocer con una cita de la encíclica «Quadragesimo Anno» de Pío XI:
Así, pues, venerables hermanos, las presentes circunstancias marcan claramente el camino que se ha de seguir. Nos toca ahora, como ha ocurrido más de una vez en la historia de la Iglesia, enfrentarnos con un mundo que ha recaído en gran parte en el paganismo.
Para que todas estas clases tornen a Cristo, a quien han negado, hay que elegir de entre ellos mismos y formar los soldados auxiliares de la Iglesia, que conozcan bien sus ideas y sus apetencias, los cuales puedan adentrarse en sus corazones mediante cierta suave caridad fraternal.
O sea, que los primeros e inmediatos apóstoles de los obreros han de ser obreros, y los apóstoles del mundo industrial y comercial deben ser de sus propios gremios.
Ahí termina la cita dada por E. S. El Papa pide que los mejores obreros se hagan apóstoles de obreros, y los mejores empresarios, apóstoles de empresarios. Enrique habla de empresarios apóstoles de obreros. Pase. En todo caso no dice aún virtualmente nada sobre los constitutivos específicos de la dirigencia empresarial cristiana en cuanto influyentes sobre los obreros de origen irreligioso excepto que sean capaces de adentrarse en los corazones de sus colegas mediante cierta suave caridad fraternal. ¡Pero eso no es todo ni lo principal del párrafo papal! Pío XI añade elementos esenciales, a los que se le esquivó la vista a E. S.: educar e instruir a los obreros y patronos, crear asociaciones cristianas, fundar círculos de estudio llevados según las normas de la fe, y estimar mucho y aplicar asiduamente el valiosísimo instrumento de renovación privada y social que son los ejercicios espirituales.
He ahí el «plus» a indicar. He ahí lo que da la nota de cristiano, o mejor, católico, al dirigente de empresa empeñado en afectar sobrenaturalmente a sus colegas y subordinados: Doctrina y espiritualidad firme y disciplinada. Eso E. S. se lo sacude como polvo de las espaldas…
El «plus» de E. S. es otro. Lo presenta en palabras de su confesor el Padre Moledo, que no tienen nada de promoción de doctrina ni espiritualidad firme ni disciplinada, antes bien —siguiendo el arraigado antiintelectualismo modernista que diluye la religión— lo reduce todo a sentimiento: el empresario apóstol de sus colegas y de los obreros heridos por el espíritu de revolucion, debe ser ante ellos como el padre del hijo pródigo: callar, sufrir, orar, tener un inmenso deseo de caridad que lo resolverá todo y dará la victoria. ¡Conque un inmenso deseo de caridad sin la menor inquietud de entrenar a nadie en la verdad revelada ni en el radical autocontrol de los ejercicios espirituales, transfigurará las empresas y tal vez el mundo! Que den un ejemplo en el tiempo y el espacio en que eso haya funcionado… El P. Moledo y E. S. se dejan engañar, engañan a quienes los siguen, y hacen de la «empresa cristiana» un flatus vocis y un sentimiento humano indefinido. Ofenden a Dios y se consignan a la derrota omitiendo los medios dados por Nuestro Señor Jesucristo para la iluminación y santificación de las almas extraviadas. E. S. prefirió dar a la acción empresaria sobre empresarios y obreros, como forma definitoria, la metáfora acuosa y sensiblera de su confesor cómplice, antes que los requerimentos sólidos de doctrina y propagación de doctrina del Vicario de Cristo, que pudo leer perfectamente bien.
Hemos hablado de lo que constituye la acción empresarial cristiana hacia adentro. La que sale hacia afuera, añadiendo ampliamente aspectos, nos la da en un discurso del cual adjuntamos fragmentos al final de este escrito, el papa Pío XII: a los empresarios católicos toca introducir (1) en la empresa, y además (2) en la vida social y pública, y esto (3) por la legislación y (4) la educación del pueblo, (5) la filiación divina.
Enunciado de E. S.
La empresa ha de ser comunidad de vida, instrumento de dignificación, hogar de relaciones humanas, escuela de prudencia y responsabilidad.
Examen
Si E. S. es un hombre de Dios y un empresario de Dios, se esperaría que describiera la empresa según Dios. —Ni una palabra de que para el católico la empresa ha de ser ante todo, un instrumento de la Iglesia Católica, un ambiente de defensa de la Fe, una parcela del reinado social, cultural y moral de Cristo. Enrique oscila entre lenguaje de católico y lenguaje de laicista. Aquí, reconoce a Cristo; allá, lo ignora… Muestra la empresa como desgajada de Dios, y de ese modo traiciona los requerimientos de Dios. «La empresa ha de ser comunidad de vida» —¿de vida atea? Es insólito que a alguien a quien se quiere inflar a apóstol y santo patrono de todos los empresarios, le importara poco que las empresas se alinearan y ajustaran a la religión verdadera. ¿Alguna vez dijo o tan solo insinuó E. S. que las mismas empresas están subordinadas por Dios como medios a sus dirigentes para encontrar por ellos su referencia esencial declarada a Él por la Fe? La empresa enriquiana, ¿vive de la vida que vibra de esta rogativa mayor: «Que te dignes devolver a la unidad de la Iglesia a los que viven en el error, y traer a la luz del Evangelio a todos los infieles, te rogamos, óyenos»?
El postulado de que la empresa sea «instrumento de dignificación» es una palabra vacía si no se ha definido y aclarado suficientemente en qué consiste la dignidad que la empresa aumentaría. Enrique navega por aquí y por allá entre conceptos equívocos y vagos sin dar con tierra firme…
El postulado de que la empresa sea «hogar de relaciones humanas» es igualmente equívoco y vago. También puede serlo un prostíbulo.
Por fin, el postulado de que la empresa sea «escuela de prudencia y responsabilidad» hace suponer que, si se da a la empresa una facultad de enseñar, esta sea enteramente inspirada y tematizada por la Doctrina Católica, porque evidentemente, hay mil variaciones del concepto «prudencia».
Sabemos por la reacción exasperada expresada en mayo de 1910 por un liberal del Sillon, Henry du Roure, que el siervo de Dios cardenal Merry del Val, Secretario de Estado de San Pío X, felicitó al fundador de una caja de ahorros por declarar «que su obra es estrictamente confesional, sujeta a la dirección inmediata del Papa y de los obispos». ¡Qué lejos estuvo de ese tipo de declaraciones E. S.! ¿Qué cables tendió entre las cristalerías Rigolleau y el Orden sobrenatural? Ningunos, por cierto; la sola idea le habría parecido ridícula.
Enunciado de E. S.
Según sea la forma de encararla, de muchos modos puede ser subdividida o clasificada la misión del dirigente de empresa. A los fines de estas Jornadas de estudios creo que tres son los deberes que más deben ser destacados: de servicio, de progreso y de ascensión humana. Sobre los mismos basta recordar lo esencial. El de servicio, fundado en las palabras del mismo Jesús, hace que la actividad de cada uno, aunque dirigida por su propia naturaleza a favorecer su interés particular, represente al mismo tiempo un servicio prestado al prójimo, directamente o a través de la comunidad. Pero sobre todo, se traduce en una actitud.
El de progreso, inspirado en el mandato bíblico de «dominar la tierra» y en la parábola de los talentos, nos induce a estar a la cabeza de todo adelanto técnico que libere al hombre, multiplique su capacidad creadora y evite todo desperdicio de lo material. El usar todo el potencial de los hombres y de la tierra da un beneficio material, pero también deja un beneficio espiritual.
Examen
Ante todo, es absolutamente chocante de parte de E. S. no decir ni una palabra sobre el primerísimo deber del dirigente de empresa de buscar el reino de Dios y crecer en conocimiento, amor y servicio de Dios. ¡¡¡Y sin embargo, esta se supone ser su especialidad, como quien por excelencia y sin precedentes habría combinado genialmente la dirigencia empresaria con la santidad!!!
Cualquier buen católico sabe y entiende que la vida contemplativa es importante al dirigente de empresa en cuanto le estimula la fe y lo acerca a la perfección como ser creado a imagen de Dios: la unión con Cristo y la oración profunda deben abarcarlo por completo. Al estar llamado a Cristo, también lo está a aplicar la ley moral en los negocios y en todas sus relaciones con los demás. Pero Enrique solo señala como fines del dirigente de empresa el servicio al prójimo, el progreso técnico y la «ascensión humana» entendida antropocéntricamente. El fin a que tiende la Iglesia —la gloria de Dios y el bien de las almas— es el último y principal fin, del cual no pueden ser independientes ningunos de los demás fines que se prefija el hombre empresario. Pero E. S. ni siquiera lo tiene en la mira.
Dejamos de lado el fin de servicio. En cuanto al fin de progreso y de dominio de la tierra, en el Nuevo Testamento los hombres tienen mucho más encargado que dominar naturalmente la tierra:
Así es que todo hijo de Dios vence al mundo; y lo que nos hace alcanzar victoria sobre el mundo, es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1Jn 5, 3-4).
Vence el mundo quien se ocupa en él solo lo necesario para su supervivencia y, en los mejores momentos de su vida, y con frecuencia, desiste de todas las ocupaciones que se pueden tener en él y procura dar impronta teologal a su vida, haciendo su empleo principal de abismarse en Dios. Enrique ha hecho del «dominad la tierra» su lema. Olvida que en aquel remotísimo pasado en que Dios encargó a Adán y Eva habitar la tierra y aprovecharse de ella según les fuera necesario y conveniente, les dio un encargo meramente natural y que no los tenía en cuenta caídos y luchando por su alma y por la gloria de Dios.
La nota dominante puesta en el dominar la tierra sofoca la contemplación de verdades superiores y, empujando hacia una actividad demasiado intensa y variada, infunde obsesión por producir. Esto es hacer de la rentabilidad la finalidad de la existencia, en detrimento de la contemplación personal no productiva, de la santificación, y de la salvación. Es horrible dar como misión del dirigente de empresa fomentar el progreso material y, más abajo, procurar la «ascensión humana» y el «florecimiento de las personalidades», sin una palabra sobre buscar directamente el Reinado de Nuestro Señor Jesucristo y la exaltación del Catolicismo. (Eso ya se verá, oblicuamente, y entre sonrisas conquistadoras.)
Por fin, notemos que «usar todo el potencial de los hombres y de la tierra, da un beneficio material pero también deja un beneficio espiritual» es una afirmación universal en tiempo presente del modo afirmativo, que implica que ese uso siempre deja un beneficio espiritual, que es por otra parte a lo que tiende la proposición. Debería serle claro a Enrique que del uso de todo el potencial —también negativo— de los hombres y de la tierra sin pautas superiores pueden surgir toda clase de resultados, también pésimos, como decía Pío XII en su mensaje de Navidad de 1957:
«Los cambios impredecibles que traen consigo los nuevos caminos abiertos por la ciencia y la tecnología modernas son vistos por algunos como discordantes, destinados a sembrar la turbación y el desconcierto en la unidad de orden y armonía inherentes a la razón humana; sin embargo, otros los consideran motivo de seria aprensión respecto a la supervivencia misma de sus creadores. El hombre comienza a temer el mundo que cree tener en sus manos; lo teme más que nunca, y especialmente allí donde Dios no habita verdaderamente en las mentes y los corazones.»
Recordemos también que la velocidad mata dos importantes factores de religión que son el recogimiento y la pompa.
Enunciado de E. S. (continuación del anterior)
En cuanto al deber de procurar la ascensión humana, no es más que la consecuencia lógica de la enseñanza básica del cristianismo sobre la eminente dignidad de todo ser humano. Santo Tomás manifiesta concretamente [¿¿¿dónde???] que debemos «hacer que todo converja al máximo incremento de la personalidad».
Examen
El tercer deber del dirigente de empresa según E. S., está saturado de dos graves errores en tres líneas. No es ninguna enseñanza básica del cristianismo que todo ser humano tenga dignidad eminente, y tampoco hay un imperativo de que el hombre haga lo que incremente la personalidad suya y de otros. Estas creencias son centrales en el pensamiento de E. S. Son propias del nefasto filosofastro Jacques Maritain y su escuela personalista, que, siguiendo a Kant, encontró la bondad ética de las acciones humanas menos en la norma universal que en la persona individual. Dicho sea de paso, Enrique leía y citaba al personalista Romano Guardini.
Para echar luz sobre esto, copiamos a continuación unos párrafos tomados del opúsculo magistral de Charles de Koninck, De la Primauté du bien commun contre les personnalistes.
La criatura racional, en la medida en que puede alcanzar el fin de la manifestación externa de Dios, existe para sí misma. Las criaturas irracionales solo existen para aquel ser que puede alcanzar este fin, que solo implícitamente les pertenecía. El hombre es la dignidad que es el fin de ellas. Pero esto no significa que la criatura racional exista por la dignidad de su propio ser ni que sea ella misma la dignidad para la que existe. Deriva su dignidad del fin que puede y debe alcanzar; su dignidad consiste en su capacidad de alcanzar el fin del universo, siendo este fin, en este sentido, para las criaturas racionales, es decir, para cada una de ellas. Sin embargo, el bien del universo no es para ellas como si fueran el fin para el que existe. Es el bien de cada una de ellas en la medida en que es su bien como bien común.
Ahora bien, la dignidad que posee una criatura racional debido a su fin depende tanto de dicho fin que ella puede caer de su dignidad, al igual que puede caer de su fin. Al pecar, el hombre se aparta del orden de la razón y, en consecuencia, cae de la dignidad humana, es decir, que el hombre es naturalmente libre y existe para sí mismo, y se coloca de alguna manera en la esclavitud de las bestias… Porque el hombre malvado es peor que una bestia. Lejos de excluir o hacer indiferente la ordenación de su bien privado al bien común (o de su propio bien cuando este último no abarca ya el bien común), como si esta ordenación fuera una cuestión de pura libertad de contradicción, la dignidad de la criatura inteligente, por el contrario, implica la necesidad de esta ordenación. El hombre cae de la dignidad humana cuando rechaza el principio mismo de su dignidad: el bien de la inteligencia realizado en el bien común. Se somete a la servidumbre de las bestias cuando juzga el bien común como algo ajeno. La perfección de la naturaleza humana garantiza tan mal la dignidad que le basta al hombre refugiarse en su propia dignidad como en una razón suficiente y raíz primera, para caer de su ser-para-sí.
[…] El ser para sí de toda persona creada es para su fin, que es Dios. Nada es anterior a este indisoluble ser-para-sí-para-Dios. Nada puede disolverlo excepto el mal. Puesto que deriva todo lo que es de Dios —secundum hoc ipsum quod est, alterius est—, la persona creada debe avanzar hacia su fin en un movimiento directo. Desde esta perspectiva fundamental, y no hay otra fundamental, cualquier mirada deliberadamente reflexiva de la persona creada sobre sí misma es una mirada nocturna y una aversión a Dios. Si la persona humana fuera realmente lo que describen los personalistas, entonces la humanidad debería ser capaz de encontrar en sí misma una bondad propia frente a su fin: el yo sería el principio de su propio destino; también sería su fin; solo se subordinaría a un fin distinto de sí mismo para subordinar ese fin a sí mismo; solo se volvería hacia cosas distintas de sí mismo para apropiárselas como fin. En realidad, el fin de las personas consistiría en el florecimiento de su personalidad.
(Cuarta resolución de la ACDE)
Declarar que la Asociación tiene, como mira fundamental, organizar la participación de los dirigentes de empresa en la construcción del orden querido por Dios N. S.; sin perseguir otra ambición que servir al perfeccionamiento religioso y moral de sus miembros y del medio profesional en que actúan, esforzarse en la difusión y la vida de la doctrina social de la Iglesia tal como es enseñada por los Romanos Pontífices; luchar por el establecimiento de la justicia, la colaboración y la caridad, y que nada importa tanto a los fundadores de la Asociación como dar un testimonio permanente de que también para el hombre y para los problemas contemporáneos hay un camino, una verdad y una vida, enseñados en el Santo Evangelio y celosamente conservados por la Iglesia.
Nada de lo antedicho se logra sin difusión de la doctrina política y por supuesto religiosa, además de social, de la Iglesia —lo cual requiere un estudio sistemático de años según la teología y aún filosofía católica auténtica e inadulterada—; sin la denuncia y el combate de los errores más corrosivos de la actualidad; sin la procura de que el gobierno mismo abrace oficial y efectivamente el Catolicismo. Como siempre, ni una palabra de la difusión de la Verdad revelada, excepto en cuanto esta echa luz sobre el tema de la justicia social, que sólo tiene un puesto muy subordinado «en la construcción del orden querido por Dios N. S.». ¿De veras Enrique cree que con sus empresarios hará mucho por el Reino de Dios en la tierra reuniéndose periódicamente para charlas y conferencias de contenido social? Sus palabras de «dar un testimonio permanente de que también para el hombre y para los problemas contemporáneos hay un camino, una verdad y una vida» deben entenderse en el contexto de la mera justicia social, pues jamás Enrique habló de doctrina política de la Iglesia, de denuncia del laicismo, relativismo y otros errores candentes; nunca señaló que el aberrante y diabólico estado de cosas ateo y laicista de su época debía mostrarse en toda su negatividad, cuya primera solución es la luz que lo exponga.
Enunciado de E. S.
No pretenderé hacer una exposición completa del tema [esto es, el auténtico desarrollo económico], sino apenas esbozar los conceptos comunes a todo desarrollo, y que lo mismo rige para el pedagógico que para el económico. Tampoco intentaré «moralizar» (en el sentido de «dar normas de moral») el desarrollo tal como viene ocurriendo —por más que ello es algo muy necesario— sino que, Dios mediante, procuraré señalar su dimensión humano-divina, «ubicando» la actividad terrestre del hombre dentro del Plan de Dios, con un «súper destino» divino según el cual serán desarrolladas hasta su plenitud todas las obras humanas.
Examen
¿Rige lo mismo para el desarrollo «pedagógico» (¿educativo?) que para el económico? ¿La verdadera educación no implica la propagación y el arraigamiento de las verdades cristianas positivas y negativas? ¿Enrique, el Gran Maestro de su escuela personal, no aplicará normas morales al desarrollo económico por más que hacerlo sea algo esencial? ¿El desarrollo económico, sobre el cual E. S. se abstiene de «moralizar», tiene una dimensión divina y ubica la economía en un «súper destino» divino según el cual serán desarrolladas hasta su plenitud todas las obras humanas? ¿No hay obras humanas inconmensurablemente mayores que la economía? «Hagamos dinero y haremos destino divino para todo lo humano»: así parece sonar el lema de este delirante materialista, que aunque hable de cosas «divinas», implícitamente niega los dogmas derivados de la existencia de la Santísima Trinidad y cree tender un puente directo del dinero a Dios y de Dios al dinero. Ensaya «señalar la dimensión humano-divina» del desarrollo económico, de la procura de dinero y prosperidad material «bien ubicada dentro del plan de Dios», en confesa abstracción de la moral y para dejar todo lo importante, «todas las obras humanas», plenamente desarrolladas en la tierra. «Sin mí nada podéis hacer» (Jn 15,5) dice Nuestro Señor Jesucristo. «Con el desarrollo podéis hacer todo» dice E. S. Pone en suspenso la Redención, la Iglesia, la Religión, toda la dimensión sobrenatural… Tal doctrina expuso meses antes de comparecer ante el Tribunal de Dios…
Enrique no da ningún contenido religioso a la palabra «desarrollo». Dedica su obra «Y dominad la tierra…», a su propio padre, entre otras personas, llamándolo «activo promotor de todo desarrollo humano», cuando el padre de Enrique nunca estuvo involucrado en ningún desarrollo de contenido religioso, si este fuera posible.
En cuanto al «desarrollo pedagógico», ¿no incluye la virtud del temor de Dios, disposición del alma que facilita la entrega a Dios y la sumisión a su voluntad, y que es el principio de la sabiduría, y que proviene del amor, porque el hombre teme perder lo que ama? ¿Y no conlleva la formación temprana e insistente de los niños en el alejamiento de las ocasiones de pecado, la inocencia angelical y la devoción tradicional sin contagios modernos? Juan Miguel, hijo de Enrique, dice: «Daba pocas pero buenas palizas cuando nos portábamos muy mal. Explicándonos, con calma, por qué nos castigaba y cuál había sido la gravedad de nuestro pésimo comportamiento». Si se portaron pésimo, él no los formó católicamente, no les inculcó la negación de sí mismos, el temor de Dios, la oración asidua. En su mentalidad liberal, ni siquiera tenía una noción arraigada del Pecado Original y de la necesidad de reprimir y hasta prevenir a tiempo sus brotes en los niños.
Enunciado de E. S.
En el ambiente empresarial de nuestro país suele encontrarse una actitud de desorientación, frustración y aún de resentimiento. No es necesario ahondar mucho en el análisis para advertir que ello es la consecuencia que, mientras por una parte somos injustamente atacados y se subestima nuestro esfuerzo en el cumplimiento de nuestra misión, por otra no se nos estimula.
¿Podemos nosotros, dirigentes de empresas que procuran actuar cristianamente, compartir esta actitud? ¿Cuál debe ser nuestra actitud? Es evidente que ha de ser la de Cristo. Cristo-Eucaristía, cuando desde la custodia, allá en lo alto, está expuesto para nuestra veneración, parece volver a insistimos en esas actitudes básicas de todo cristiano que nos enseñó en el Sermón de la Montaña.
Examen
En su conferencia «Eucaristía y vida empresaria», dada en el VI Congreso Eucarístico Nacional de Córdoba en 1959, E. S. medita cada bienaventuranza asociándola a la Eucaristía y a la que él llama «vida empresaria». Lo hace no sin graves tropiezos, como veremos en el próximo enunciado. La vida empresaria de que E. S. es padre y maestro es vida empresaria sin afirmación declarada de la autoridad de Cristo sobre la empresa, la vida en ella, y todas sus vicisitudes. Medita modos de aplicar las ocho bienaventuranzas con relación directa o indirecta al Santísimo Sacramento, pero mientras mantiene su «vida empresaria» desligada del reconocimiento abierto, alto y eficaz del imperio del Redentor sobre la empresa, sus empleados, la familia, la cultura, la educación, la legislación, la política y la patria. ¿Eucaristía y vida empresaria sin Cristo de rey?
Enunciado de E. S.
Evidentemente esta bienaventuranza implica la pureza moral y particularmente esa pureza —la referente al 6° y 9° Mandamiento— a que el uso corriente ha limitado la palabra. Esta es indispensable pues su falta provoca una «pesadez» que traba la vida espiritual.
Examen
La falta de castidad es pecado mortal. En su inveterado liberalismo siempre dispuesto a minimizar la culpa, E. S. llama a esto «pesadez que traba la vida espiritual», sin parar mientes en que es una fetidísima putrefacción que aniquila la vida espiritual, renueva la crucifixión de Cristo, llena a Dios de cólera, y encamina al culpable al infierno eterno. La cita de la «pesadez» está tomada del libro L’Évangile de la joie, del modernista (para variar) Joseph-Marie Perrin, «director espiritual» de la agnóstica Simone Weil —llamada por algunos de los suyos «anarquista cristiana»— y autor del Diario de un sacerdote obrero en Alemania.
Enunciado de E. S.
Y así como por la Eucaristía, Cristo nos diviniza, nos eleva hasta él y nos asimila, procurando que no seamos nosotros los que vivamos sino Él quien viva en nosotros, haciéndonos otros Cristos, así también el dirigente de empresa debe ejercer en los que lo rodean una acción elevadora y promotora, intentando hacer de ellos otros tantos empresarios; debe ser un agente multiplicador.
Examen
E. S. repite hasta el hartazgo su sofisma y herejía neomodernista del apostolado de penetración: espera que su mera presencia «luminosa y sonriente» en medio de otros, los eleve como la presencia de Jesús en la Comunión eleva al comulgante.
Enunciado de E. S.
La justicia sola no puede lograr la unión completa y la armonía que harán que la sociedad sea un cuerpo que funcione perfectamente. Sólo la caridad social, con su énfasis no en los derechos y deberes sino en el amor al prójimo, puede ofrecernos la «motivación» necesaria para que apliquemos la generosidad, paciencia y tolerancia indispensable durante el muy lento proceso de transición entre una sociedad desorganizada y otra que esté unida en la procura del bien común.
Examen
El «empresario santo» olvida —si es que alguna vez lo recordó— que, para que la sociedad sea un cuerpo que funcione perfectamente —¡nada menos!—, así como no basta la justicia, tampoco basta la caridad social con énfasis en el amor al prójimo. Se requiere también más que «generosidad, paciencia y tolerancia»; y la tolerancia suele ser un mal. Se requiere la cristianización explícita, ordenada por los mandatarios y coordinada entre muchos de todos los constituyentes sociales, la lucha por la victoria de la Verdad Revelada y de la Iglesia, lucha que, en las circunstancias desastrosas de hoy, implica una purificación rigurosa de derecho penal para la eliminación de todos los escándalos y herejías, sin la cual la sociedad nunca será un cuerpo que funcione ni perfecta ni pasablemente. ¡Y no hace falta mucha inteligencia para entenderlo! Se requiere restaurar elementos perdidos del Orden Cristiano, e instaurar elementos del mismo hasta ahora no realizados, y que se deducen de la Doctrina Política Católica contenida en el Magisterio Perenne Infalible y en grandes autores.
Enunciado de E. S.
El mundo no es un lugar de exilio ni un objeto de admiración puesto por Dios como testimonio de Su omnipotencia; el mundo es para el hombre el lugar donde se elabora su destino eterno. Es allí que tenemos que influir para que la Historia, que «se hace» día a día, se aproxime en cuanto sea posible al Plan que Dios en Su sabiduría y amor ha previsto para los hombres y para el mundo.
Examen
El «profeta del desarrollo» de nuevo cree saber mejor que la Iglesia, y se burla del dogma. Que esta tierra sí es un lugar de exilio, lo enseña la doctrina y la experiencia del católico. Y debería tenerlo vivamente impreso en la mente un personaje supuestamente muy preocupado por las desgracias de los pobres.
León XIII, en su encíclica «Rerum Novarum», declara:
Pues lo que nos enseña de por sí la naturaleza, que sólo habremos de vivir la verdadera vida cuando hayamos salido de este mundo, eso mismo es dogma cristiano y fundamento de la razón y de todo el ser de la religión. Pues que Dios no creó al hombre para estas cosas frágiles y perecederas, sino para las celestiales y eternas, dándonos la tierra como lugar de exilio y no de residencia permanente.
Al predicar E. S. «catolicismo» negando que estemos desterrados, lo enseña privado de ser y de virtud salvífica; mejor dicho lo niega. Sin exilio no hay pecado original, sin pecado original no hay Redención, sin Redención no hay Cristianismo.
La «Salve regina» nos llama desterrados y a esta vida un destierro —una vida que no es la verdadera del hombre. Numerosas oraciones litúrgicas destacan esa condición de la vida presente. Pero E. S. cree deber corregir eso. Quienquiera que viva en profundidad la religión católica, está afectado de nostalgia constante por la verdadera Patria, lo cual lo colma de bienes. El mediocre, materialista, cómodo, se siente a gusto en esta miserable tierra, lo cual lo deja vacío de todo aunque no se dé bien cuenta. ¡No siente el «exilio» porque no ejerce sobre él ningún atractivo importante la Gran Patria!
Peor para él, al negar que estamos en un exilio, el cual es dogma cristiano y fundamento de la razón y de todo el ser de la religión según hemos leído de León XIII, Enrique cae en la herejía. No es materia de asombro que, ya largamente habituado a leer autores que niegan verdades de Fe recibidas, él haga otro tanto.
Opinamos que a E. S. no le interesa celestializar la tierra, quiere terrenalizar el cielo: «Hágase nuestra voluntad humana, bien floreciente y desarrollada, así en el cielo como en la tierra». Esto está en sintonía con la importancia descomunal que da al desarrollo económico. En cuanto a la propuesta de E. S. de influir en el mundo para que la Historia se aproxime en cuanto sea posible al Plan de Dios, él no parece indicado para realizarla ni menos dirigirla, si ya dijo que «el dirigente de empresa ve la historia como una marcha progresiva», es decir que, como va, va bien, progresa, marcha hacia adelante, hacia mejor —aunque no haga sino destruir cada año más restos de la vieja Cristiandad y granizar podredumbre y muerte…
Enrique, ¿hay que influir en el mundo para ajustar la Historia a Dios por medio de tratar bien a los obreros y reunirse a charlar entre empresarios y hacer buenos negocios por el importantísimo «desarrollo»? ¿En qué otro modo de influir el mundo piensas? ¿Se te ocurre alguna influencia sobre la política, la legislación y la educación? Para que la historia se aproxime al Plan de Dios, ¿no es imprescindible que la sociedad postcristiana tenga claro ante los ojos ese Plan y se aparte radical y vehementemente del plan del demonio, y que queme sus malditos ídolos que te tienen sin cuidado?
Nos regimos por las palabras de Pío XI en su encíclica «Quadragesimo Anno»:
A esta lamentable ruina de las almas, persistiendo la cual será vano todo intento de regeneración social, no puede aplicarse remedio alguno eficaz, como no sea haciendo volver a los hombres abierta y sinceramente a la doctrina evangélica, es decir, a los principios de Aquel que es el único que tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6,70), y palabras tales que, aun cuando pasen el cielo y la tierra, ellas jamás pasarán (cf. Mt 16,35).
De la cita de arriba se deduce que debe reinstituirse la doctrina evangélica en todos los estatutos de la sociedad, tomando los ejemplos de tiempos pasados mejores que no interesan a E. S.
Enunciado de E. S.
«Dios es más que el artista que exterioriza Su amor a la belleza haciendo una obra bella; le da vida a Su obra. La creación es conjuntamente la expresión de la omnipotencia divina y del Amor de Dios que asocia al hombre a su perfeccionamiento. Y en el séptimo día de la Creación, el día de reposo para Dios, el día aún no concluido de la Historia en que aún estamos viviendo, Dios al hombre ha creado a Su imagen y semejanza, libre y dotado de inteligencia y de poder, a ese hombre -espíritu y materia, microcosmo que resume toda la creación pues su cuerpo es un territorio común de lo espiritual y de lo inanimado, ya sea animal, vegetal o mineral- le da el mandato Creced, multiplicaos y dominad la tierra. Es decir le entrega el dominio y señorío vicario de todo lo creado [Nota: ¿también le entrega el dominio de todo lo creado invisible, del Cielo y de la Humanidad de Cristo?], le otorga el don divino de la fecundidad y le llama a llevar a su término la totalidad de lo creado mediante el crecimiento de la cultura, la proyección de la personalidad hacia una plenitud [esto es un sofisma personalista que ya ha sido analizado], la multiplicación de la especie, el dominio sobre las fuerzas de la materia y en resumen, el desarrollo de la comunidad humana.»
Examen
E. S. que tanto hablaba de generosidad y de dar todo a los demás y a Dios, en las palabras de arriba muestra mucha mezquindad y poca Fe. Dios pide al hombre individual y social incomparablemente más que «llevar a su término la totalidad de lo creado mediante el crecimiento de la cultura, la proyección de la personalidad hacia una plenitud, la multiplicación de la especie, el dominio sobre las fuerzas de la materia y en resumen, el desarrollo de la comunidad humana». Le pide construir hasta los mínimos detalles, con creciente fuerza y delicadeza, por Cristo, con Él y en Él, la Ciudad de Dios, y ordenar todas las transacciones que ocurren en ella a la Máxima Gloria de Dios, fomentando la recepción devotísima de los Sacramentos, el estudio denodado de la Doctrina Revelada, y la maximización de las capacidades contemplativas y ascéticas de los católicos. Pide el establecimiento de un Estado Católico con todo lo necesario para defender, si es necesario con el rigor, el Catolicismo. Pide, además, por supuesto, propagar el Catolicismo a toda la tierra. Dios pide al hombre, en seguimiento de la Iglesia, luchar por la espiritualización del mundo a partir de la oración, y no solo ni principalmente por bienes profanos.
Enunciado de E. S.
No nos ha de ser difícil por lo tanto concebir una de las últimas expresiones del Apocalipsis: «Aportarán la opulencia y el esplendor de las naciones». Dios quiere que las naciones sean opulentas y tengan esplendor, para después ser ofrecidas a Él.
Examen
El pasaje apocalíptico no dice «opulencia y esplendor». En griego, dice «ten dóxan kai ten timén», que la Vulgata traduce como «gloriam et honorem». Opulencia es acumulación de objetos que pueden conseguirse con dinero… Eso no es concebible, y además ni siquiera está escrito, que aportarán a Dios las naciones de la «Nueva Tierra» de cuando no haya más tiempo.
Enunciado de E. S.
los laicos estamos obligados —no digo invitados sino obligados— a comprometernos en el desarrollo de lo temporal en proporción a nuestros talentos y oportunidades.
Examen
Compárese el «precepto» de Enrique con las palabras de San Pablo: «¡ay de mí si no evangelizare!» (1Cor 9,16). Lo temporal, según el DRAE, es lo «secular, profano, terrenal, material, mundano, laico». Es la antítesis de lo espiritual y religioso. Enrique no para mientes en que lo temporal separado de lo espiritual y eterno, desde el Renacimiento, y más aún desde las revoluciones liberales, está superdesarrollado para mal. Desarrollarlo más todavía es traicionar lo espiritual y lo permanente. ¡Hace falta expurgar lo temporal vil y podrido, y restaurar y fijar lo temporal valioso perdido y faltante con el signo distintivo de lo espiritual! El ideal de desarrollar lo temporal, sin más, podría ser compartido por un marxista. Lo llena de entusiasmo y casi euforia a E. S. Lo temporal es todo lo que encara el materialista para quien no hay otra dimensión de la vida humana. San Agustín enseñaba que cada hombre se convertía en aquello que amaba: así pues, el amante de lo terrenal y horizontal, se convierte en terrenal y horizontal. Es lo que E. S. llama obligación general de los laicos.
San Pío X en su encíclica «Il fermo proposito» nos detalla a qué estamos obligados los laicos:
Muy fácil es descubrir la necesidad del concurso individual a tan importante obra [la divina misión de la Iglesia], no sólo en orden a la santificación de nuestras almas, sino tabién respecto a extender y dilatar más y más el Reino de Dios en los individuos, en las familias y en la sociedad, procurando cada cual, en la medida de sus fuerzas, el bien del prójimo con la divulgación de la verdad revelada, con el ejercicio de las cristianas virtudes y con las obras de caridad o de misericordia espiritual o corporal.
Pero «San» E. S. cree ser imperioso y crucial incrementar la ingeniería, la tecnología, las inversiones… Hermoso Presidente de la República sería, con su vacío de doctrina política católica, con su indiferencia o desprecio por los grandes modelos de gobernante católico —Carlomagno, los reyes santos de la Edad Media, Felipe II, Gabriel García Moreno— con su modernismo e inmanentismo social, con su pragmatismo, con su laicismo y con su tolerancia del mal, asesorado como estaría por sus sacerdotes de teología innovadora y achatadora a quienes nada importa el Reinado Social de Cristo. No restauraría nada, pues la palabra ‘restauración’, así como la palabra ‘tradición’ —tan caras a la Iglesia— no existen en su vocabulario. ¿Es E. S. un desarrollista, esto es, un propugnador del desarrollo meramente económico como objetivo prioritario de la sociedad? Parece estar cerca de esa monstruosidad en varios de sus dichos, aunque por supuesto, de una manera que solo él entiende, «los salpica de agua bendita laica».
Enunciado de E. S.
Urge formar empresarios cristianos y darles un estilo de vida. Ellos deben contribuir a la existencia de un mundo mejor. Debemos aplicar la doctrina y el mensaje de Cristo a los problemas concretos de la función empresarial.
Examen
Paradójicamente, en lo que propagó menos la doctrina cristiana fue en lo más importante: en el tema de la propagación de la misma doctrina cristiana, así como en la promoción de la vida de oración intensa y absorbente, y en el combate contra los recios errores que dominaban el mundo en su época. Enrique se limitó a aplicar la doctrina cristiana en el modo de tratar a las personas. Cuando lo describe, nunca incluye el apostolado. Mucha «equidad, caballerosidad, honorabilidad», pero que se resequen de sed de la Verdad…
¿En qué medio formó Enrique empresarios cristianos y les dio un estilo de vida? ¿En charlas y conferencias sobre justicia social? Para formarlos no solo en eso, sino, más importante, en las complejas cuestiones de la política católica, habrían hecho falta cursos sistemáticos e intensivos dados por especialistas tomistas. No charlas sociales basadas en malos libros y la propia improvisación. Por los disparates que dijo cerca del fin de su vida en su obra maestra «Y dominad la tierra…», está claro que Enrique bebió predominantemente doctrina nociva, como que él mismo era amigo y admirador de autores malos, modernistas e izquierdistas, y era maritainista y muy probablemente teilhardiano, como que leía con gusto a teilhardianos fanáticos como E. Rideau. De hecho, Maritain mismo en un encuentro con el ex presidente demócrata cristiano chileno, Eduardo Frei Montalva (1964–1970), le dijo que en el siglo XX sólo había tres revolucionarios: él mismo, Frei, y Teilhard de Chardin.
Además de intervenir en la propagación íntegra del Catolicismo íntegro, los laicos deben intervenir en lo posible en la política bien fundamentada: de esto Enrique no dice palabra: fiesta para los masones. Aquí está lo que enseña León XIII en su encíclica «Immortale Dei»:
[…] no querer tomar parte alguna en la vida pública sería tan reprensible como no querer prestar ayuda alguna al bien común. Tanto más cuanto que los católicos, en virtud de la misma doctrina que profesan, están obligados en conciencia a cumplir estas obligaciones con toda fidelidad. De lo contrario, si se abstienen políticamente, los asuntos políticos caerán en manos de personas cuya manera de pensar puede ofrecer escasas esperanzas de salvación para el Estado. Situación que redundaría también en no pequeño daño de la religión cristiana. Podrían entonces mucho los enemigos de la Iglesia y podrían muy poco sus amigos. Queda, por tanto, bien claro que los católicos tienen motivos justos para intervenir en la vida política de los pueblos. No acuden ni deben acudir a la vida política para aprobar lo que actualmente puede haber de censurable en las instituciones políticas del Estado, sino para hacer que estas mismas instituciones se pongan, en lo posible, al servicio sincero y verdadero del bien público, procurando infundir en todas las venas del Estado, como savia y sangre vigorosa, la eficaz influencia de la religión católica. […]
Es necesario renovar en nuestros tiempos los ejemplos de nuestros mayores. Es necesario en primer lugar que los católicos dignos de este nombre estén dispuestos a ser hijos amantes de la Iglesia y aparecer como tales. Han de rechazar sin vacilación todo lo que sea incompatible con su profesión cristiana. Han de utilizar, en la medida que les permita su conciencia, las instituciones públicas para defensa de la verdad y de la justicia. Han de esforzarse para que la libertad en el obrar no traspase los límites señalados por la naturaleza y por la ley de Dios. Han de procurar que todos los Estados reflejen la concepción cristiana, que hemos expuesto, de la vida pública.
Enunciado de E. S.
El dirigente de empresa debe ser motor y no máquina. […] ¿Qué es lo que quema? Él mismo. ¿Con qué? Con el calor producido por Dios; calor que es amor. […] El corazón recibe y da. Un gerente —corazón de la empresa— continuamente recibe y da con el corazón, y en el proceso patronal mejora y enriquece como el pulmón en el cuerpo.
Examen
He aquí con qué ideas sentimentalistas y engreídas Enrique sustituía cualquier apostolado propiamente dicho. Se jacta de mejorar y enriquecer su empresa como el pulmón mejora y enriquece un cuerpo; y como se refiere a mejoramiento sobrenatural, Enrique ocupa el lugar nada menos que de lo más divinizante de todo el cuerpo empresarial… En la vida de Enrique hay un constante telón de fondo de soberbia. ¿Cómo sabe que era pulmón mejorador y no pulmón empeorador de su empresa? Enrique, si querías mejorar, enriquecer y calentar con el calor de Dios a tus compañeros de proceso patronal, deberías haber reunido a tus empleados al final del día, para darles un apelo a la conversión y enfervorizamiento: «Estimados ayudantes, ¿saben para qué están en el mundo y para qué trabajan?» —y a partir de allí, introduciéndolos en la doctrina ordenadamente, llevarlos a abrazar y practicar la religión. Pero no: bastaba que el corazón de Enrique sintiera latir lleno de amor divino procurando santificarlos a todos con su sola presencia con labios mudos y dejando a la mayoría de sus empleados vegetar en los vicios que infaliblemente contrae quien no practica. Se pasó la segunda y por lejos principal mitad de su vida convencido de atraer poderosamente a otros a Dios estando presente e irradiando amor.
Entre obnubilaciones subjetivistas y personalistas, los innovadores del segundo modernismo se hunden en nuevos métodos de apostolado: ante el bloqueo intelectual del hombre moderno a las verdades de la fe, se apela a él mediante los sentimientos, las experiencias religiosas, el emotivismo, mirando a llegar por esa vía a la fe. Pero esas experiencias por sí solas son perfectamente inútiles, porque la fe —como señala Santo Tomás de Aquino— es «un acto del entendimiento, que asiente a una verdad divina por el imperio de la voluntad movida por la gracia de Dios».
Enunciado de E. S.
La parábola de los Talentos es bien expresiva al respecto: no se es buen cristiano si no se es a la vez buen ciudadano y, según corresponda, buen trabajador, propietario, ingeniero, etc… Gracias a Dios, en nuestro país al menos, este concepto es cada vez mejor comprendido y cada día hay menos «beatos» en el mal sentido de la palabra, que frecuentan los sacramentos pero que sólo viven para sí, para «salvar su alma», desinteresados de lo que ocurre a su alrededor a no ser para hacer una crítica.
Examen
Vemos que E. S. denigra a los católicos entregados a Dios que critican el mundo. Si lo critican, quiere decir que sí se interesan de lo que ocurre en él. El mundo está gravemente corrompido en costumbres y principios, y todo católico debe denunciarlo. A Enrique lo irrita que así se haga, con lo cual se muestra amigo del mundo corrompido y enemigo de las almas, a quienes no hace nada por enemistar contra él para salvarse. Quiere que se cumpla el deber de estado sin oponerse al gran enemigo envolvente y absorbente que, aún cuando no existía el anticristianismo declarado y organizado, según San Juan estaba todo poseído del mal espíritu (1Jn 5,19). Quiere que se sea buen «trabajador, propietario o ingeniero» sin ser buen católico combatiendo el mundo anticatólico con rechazo, críticas y en lo posible campañas. San Pío X dijo:
A favor, pues, del poderoso dominio de los que yerran y del incauto asentimiento de ánimos ligeros se ha creado una como corrompida atmósfera que todo lo penetra, difundiendo su pestilencia (Pascendi).
Enunciado de E. S.
«El progreso técnico no debe ser considerado como un mal al cual buscamos remedios sino como un bien en cuyo camino se levantan ciertos escollos que es preciso evitar; pero es innegable que el progreso técnico procede de Dios y por esto puede y debe conducir a Dios.»
Examen
E. S. pone esas palabras como si estuvieran en la alocución de Pío XII al ministro de Liberia del 28-2-1961. Leyendo dicha alocución completa en la página web oficial vaticana, no se encuentran ni remotamente esas palabras. El Sumo Pontífice no dijo esa sinsensatez, aunque a Enrique le hubiera agradado.
Enunciado de E. S.
Precisamente la Eucaristía —palabra que sabemos quiere decir «acción de gracias»— es el modelo de toda transformación. La transformación eucarística es el «tipo» de todo progreso, es la máxima transformación posible, es una permanente invitación a todo verdadero progreso. Es el símbolo de esa transformación que acontece en el hombre al hacerlo pasar de la condición de pecador a la de santo. Lo es también, secundariamente, de todos los cambios que valorizan una materia dada, en el orden técnico, intelectual, artístico o social. E inversamente, no hay cambio profano que no sea la humilde imagen de la transformación eucarística.
Examen
La Eucaristía mal puede ser un «tipo» de todo cambio hacia algo mejor: ella pone una substancia bajo accidentes extraños y ningún otro cambio hace nada así. Y si «la valoración técnica de una materia dada» tiene su «tipo» en la Eucaristía, la mejora de un modelo de aeronave también. Enrique no podría llevar más lejos su idolatría de la modernidad. Además, al decir «no hay cambio profano que no sea la humilde imagen de la transformación eucarística» {3} está implicando blasfemamente que eso también vale para los cambios profanos para peor o para más indigno —por ejemplo, la putrefacción.
Enunciado de E. S.
Los cristianos queremos el desarrollo tanto como los marxistas, pero nos diferenciamos de ellos en dos puntos de gran importancia. El primero es que ante todo propugnamos la promoción del hombre, porque el hombre es de Dios.
Examen
Los católicos propugnan primero la gloria de Dios. Segundo, propugnan la promoción del hombre, no «viejo» —renacido degenerado en el Renacimiento poscristiano y la Revolución— definido por la naturaleza caída, que es muerte, corrupción, concupiscencia, egoísmo y ceguera espiritual, sino «nuevo» —floreciente en el Medioevo—, definido por la gracia, viviente de la Fe y la vida de Dios, y viviente de Cristo mismo en él. Esta promoción, más exactamente que del hombre —aún tomado como «nuevo»— es la de Cristo en el hombre trasplantado y escondido en Él. La promoción del hombre «común» es ideal del marxismo también. Y cabe señalar algo preocupante: Según San Pablo (2Tes 2,2), citado por el Papa San Pío X (encíclica «E supremi apostolatus»), el culto del hombre es signo distintivo del Anticristo.
Enunciado de E. S.
Nuestro deber es unir santidad e inteligencia, y no es necesario un periódico ni una radio para que nuestra santidad pueda influir en nuestro país.
Examen
Aquí Enrique se refiere a sí mismo junto con voluntarios que se habían ofrecido para trabajar en un diario o una emisora de radio. Las palabras «nuestra santidad» —dichas con absoluta soltura y convicción— son una contradicción en los términos. Y las empeora la presunción de que esa santidad compartida puede influir en todo un país. Nadie que se cree santo es santo.
Pese a sus expresiones elevadas ocasionales, en E. S. tenemos un personaje inicialmente muy devoto y magnánimo que se echó a perder por la influencia de sacerdotes, amigos y libros de rancio liberalismo, modernismo e izquierdismo, y un autor de doctrina anticatólica sobre: —el infinito derecho de la majestad infinita a ser adorada perfectamente por individuos, grupos y naciones, en privado y en público, —la soberanía definitoria e inmutable de la Tradición en la doctrina católica, —el modo como se debe entender y encarar la modernidad postcristiana, —la Historia de la Revolución Anticristiana universal. Para colmo, E. S. niega el dogma fundamental católico de la presente condición desterrada del hombre. Alguien así nunca puede ser justamente incluido en el catálogo de santos ni aún católicos ejemplares. Su proceso de «canonización» solo sirve para promover los paradigmas desviados de la estructura eclesial romana presente, la cual, si saboteó el Magisterio Perenne Infalible en el conciliábulo vaticano segundo, se separó radicalmente de la Autoridad de Cristo imprescindible para canonizar. Ningún laico, sacerdote ni obispo católico antiliberal, antimodernista, fiel a la Tradición católica íntegra de todos los siglos y todos los santos, jamás encomió a E. S. Su «causa» es causa interna de modernistas.
León XIII, encíclica «Graves de communi» (1901)
En opinión de algunos la llamada cuestión social es solamente económica, siendo por el contrario certísimo, que es principalmente moral y religiosa y por esto ha de resolverse en conformidad con las leyes de la moral y de la religión. Aumentad el salario al obrero, disminuid las horas de trabajo, reducid el precio de los alimentos, pero si con esto dejáis que oiga ciertas doctrinas y se mire en ciertos ejemplos, que inducen a perder el respeto debido a Dios y a la corrupción de costumbres, sus mismos trabajos y ganancias resultarán arruinados. La experiencia cotidiana enseña que muchos obreros de vida depravada y desprovistos de religión, viven en deplorable miseria, aunque con menos trabajo obtengan mayor salario. Alejad del alma los sentimientos que infiltró la educación cristiana; quitad la previsión, modestia, parsimonia, paciencia y las demás virtudes morales e inútilmente se obtendrá la prosperidad, aunque con grandes esfuerzos se pretenda. Esta es la razón porque Nos jamás hemos exhortado a los católicos a fundar sociedades y otras instituciones, para el feliz porvenir de la masa, sin recomendarles a la vez que lo hicieran bajo la tutela y auspicios de la religión.
Pío XI, encíclica «Ubi arcano» (1922)
Reina finalmente Jesucristo en la sociedad civil cuando, tributando en ella a Dios los supremos honores, se hacen derivar de él el origen y los derechos de la autoridad para que ni en el mandar falte norma ni en el obedecer obligación y dignidad, cuando además le es reconocido a la Iglesia el alto grado de dignidad en que fue colocada por su mismo autor, a saber, de sociedad perfecta, maestra y guía de las demás sociedades; es decir, tal que no disminuya la potestad de ellas —pues cada una en su orden es legítima—, sino que les comunique la conveniente perfección, como hace la gracia con la naturaleza; de modo que esas mismas sociedades sean a los hombres poderoso auxiliar para conseguir el fin supremo, que es la eterna felicidad, y con más seguridad provean a la prosperidad de los ciudadanos en esta vida mortal.
Pío XI, encíclica «Quadragesimo anno» (1931)
las asociaciones de obreros se han de constituir y gobernar de tal modo que proporcionen los medios más idóneos y convenientes para el fin que se proponen, consistente en que cada miembro de la sociedad consiga, en la medida de lo posible, un aumento de los bienes del cuerpo, del alma y de la familia. Pero es evidente que se ha de tender, como fin principal, a la perfección de la piedad y de las costumbres, y asimismo que a este fin habrá de encaminarse toda la disciplina social. De lo contrario, degeneraría y no aventajarían mucho a ese tipo de asociaciones en que no suele contar para nada ninguna razón religiosa. Por lo demás, ¿de qué le serviría al obrero haber conseguido, a través de la asociación, abundancia de cosas, si peligra la salvación de su alma por falta del alimento adecuado? “¿Qué aprovecha al hombre conquistar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt 16,26). Cristo nuestro Señor enseña que la nota característica por la cual se distinga a un cristiano de un gentil debe ser ésa precisamente: “Eso lo buscan todas las gentes… Vosotros buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Lc 12,31).
Pío XII, discurso a los miembros del Consejo Nacional de la Unión Cristiana de Empresarios Dirigentes de Italia (1952)
Para ustedes, [la empresa] es más que un simple medio para ganarse la vida y mantener la legítima dignidad de su rango, la independencia propia y de su familia. Es más que la colaboración técnica y práctica del pensamiento, el capital y el trabajo multifacético, conducente a la producción y al progreso. Es más que un factor importante en la vida económica, más que una simple —y ciertamente loable— contribución al avance de la justicia social; y si fuera solo esto, aún sería insuficiente para establecer y promover el orden completo, porque el orden solo es tal si reina en toda la vida y en toda la actividad material, económica, social y, sobre todo, cristiana, fuera de la cual el hombre siempre permanece incompleto.
La gran miseria del orden social es que no es profundamente cristiano ni verdaderamente humano, sino únicamente técnico y económico, y que no descansa en absoluto sobre lo que debería ser su base y el fundamento sólido de su unidad, es decir, el carácter común de los hombres por naturaleza y de hijos de Dios por la gracia de la adopción divina. […]
En cuanto a ustedes, que están decididos a introducir este factor humano en todas partes, en la empresa, entre los diversos rangos y funciones que la componen, en la vida social y pública, por la legislación y la educación del pueblo; se esfuerzan por transformar las masas, que de otro modo permanecerían amorfas, inertes, inconscientes, a merced de agitadores interesados, en una sociedad cuyos miembros, distintos entre sí, constituyen, cada uno según su función, la unidad de un solo cuerpo.
{2} Todas las citas de E. S. están tomadas del enlace
https://www.enriqueshaw.com/2023/11/14/lee-todos-los-libros-sobre-enrique-shaw-aqui
{3} Eso lo tomó Enrique del pestilencial jesuita E. Rideau, fanático del aún más pestilencial heresiarca Teilhard de Chardin, sobre cuyo concepto de «sexualidad» escribió un libro.